Un coloso negro llamado Max Embilint cruza África en camioneta con un encargo que ningún blanco aceptaría: matar a cuatro jóvenes misioneros antes de Navidad, siguiendo el plan minucioso de un hombre blanco que siempre elige bien.
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Un coloso negro llamado Max Embilint cruza África en camioneta con un encargo que ningún blanco aceptaría: matar a cuatro jóvenes misioneros antes de Navidad, siguiendo el plan minucioso de un hombre blanco que siempre elige bien. En el camino, la conversación con un chófer válaco al que ha sido contratado para golpear abre una grieta inesperada en la lógica del odio.
En la terraza desierta del Hotel Afrika Palast, pasada la medianoche de un diciembre tropical, dos turistas comparten mesa ante la mirada curiosa de los camareros: un gigante negro que bebe ron blanco de un frasco colgado al cuello y un hombre pequeño, enguantado y políglota que lee sin descanso. Nadie sabe de dónde viene el segundo ni dónde se aloja. Todos creen saber, en cambio, a qué va el primero al interior: a filmar fieras con el equipo fotográfico que ha traído de América.
La camioneta que se lleva a Max Embilint hacia el territorio de los caníbales transporta otra cosa. En un poblado llamado Icibolia —“nuez vacía” en la lengua de sus habitantes— acaban de instalarse cuatro misioneros renanos de veinte años, tres muchachos y una joven rubia, los primeros que se atreven a llegar hasta allí. Max no los conoce, no les ha visto nunca ni en fotografía, y no le han hecho ningún mal. Va a matarlos antes de Navidad, según el plan trazado hasta el último detalle por su amigo blanco. “Un trabajo de negro”, se dice: la clase de tarea que un blanco no aceptaría.
El viaje se convierte en un duelo de sospechas dentro de una cabina. Al volante hay un chófer blanco cuya presencia Max no había objetado y que ahora, en la carretera nocturna, le resulta insoportable: la prueba de que no confían en él, de que siempre hace falta un blanco vigilando a un negro. Las manos se acercan a la garganta del conductor antes de que este aclare para qué fue contratado en realidad: para dejarse golpear y abofetear delante de los salvajes, porque un negro que humilla a un blanco en público gana un prestigio que ninguna otra cosa le daría. El chófer se llama Zeno, es válaco, sobrevivió a cuatro años de guerra y a un cautiverio en Siberia, y agradece el encargo con una alegría desconcertante: por primera vez le pegarán por un motivo.
De ese encuentro nace el verdadero núcleo del relato. Dos hombres a quienes se ha asignado una tarea innoble descubren que se entienden porque comparten un largo linaje de injusticia; que para comprender a un negro hay que ser válaco y viceversa. Alrededor de ellos, la novela arma su tesis con precisión casi geométrica: la aritmética del odio aprendida entre los blancos, la fiebre de conquista que administra hasta el sueño y las ilusiones, la pobreza absoluta de una tribu cuyo vocabulario cabe en ciento cincuenta palabras sin verbos, la piedad que aparece justo donde no debería.
Esta edición presenta la obra acompañada del prefacio que Mariano Orta escribió para las Obras Completas del autor, un texto que sitúa la novela como cierre de un recorrido: del retrato coral de una humanidad arrastrada por fuerzas mecánicas, al peregrinaje en busca de un país donde depositar la fe, y de ahí a este relato de tema racial donde ya no queda esperanza que buscar fuera —ni en la América que levanta un muro de silencio, ni en la Rusia que arma a los oprimidos para su propaganda—. Lo que queda es un hombre desnudo ante sí mismo, preguntándose si todavía cabe una solución, y la sospecha de que el único enemigo verdadero está dentro.
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