Un año después de la caída del Faro Starlight, los Nihil de Marchion Ro han levantado el Muro Tormenta y encerrado un sector entero del Borde Exterior tras su Zona de Oclusión: cientos de mundos incomunicados, naves que se desvanecen al…
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Un año después de la caída del Faro Starlight, los Nihil de Marchion Ro han levantado el Muro Tormenta y encerrado un sector entero del Borde Exterior tras su Zona de Oclusión: cientos de mundos incomunicados, naves que se desvanecen al intentar cruzar y una República incapaz de responder. Mientras Elzar Mann busca desde Coruscant una grieta en esa barrera y Bell Zettifar patrulla la frontera para socorrer a quienes quedaron expuestos a los asaltos, los Jedi cargan con una certeza que ya no pueden negar: las criaturas Sin Nombre, capaces de devorar su vínculo con la Fuerza, son reales. Una novela sobre la derrota, el duelo y la obstinación de seguir creyendo en la luz cuando todos los símbolos se han apagado.
La historia arranca en la oscuridad de una celda, dentro de la Zona de Oclusión. Allí, el Gran Maestro Pra-Tre Veter —mutilado, sometido a experimentos y confinado junto a una criatura que se alimenta de su conexión con la Fuerza— resiste el único ataque para el que su entrenamiento no lo preparó: un miedo que no puede aislar ni transformar. Su captor no viene a matarlo, sino a demostrarle que la esperanza a la que se aferra es una falacia. Ese pulso entre el terror administrado y la fe que se niega a ceder es el motor de todo el relato.
Ha pasado un año desde que los Nihil destruyeron el Faro Starlight. Marchion Ro no se conformó con el golpe simbólico: levantó el Muro Tormenta, una red de repetidores y semillas de tormenta que expulsa violentamente del hiperespacio a cualquier nave que intente atravesarla, y con ella anexionó docenas de mundos del Borde Exterior. Dentro quedaron comunicaciones bloqueadas, rutas comerciales rotas, poblaciones enteras bajo el yugo de los saqueadores. Fuera quedó una República que ha agotado su repertorio —naves señuelo pilotadas por droides, pulsos electromagnéticos, ataques sostenidos contra el blindaje de las boyas— sin arañar la barrera.
En Coruscant, Elzar Mann mira las estrellas y las encuentra fuera de sitio. Arrastra la muerte de Stellan Gios, la ausencia de Avar Kriss —perdida al otro lado del muro— y una culpa privada: en los últimos minutos de Starlight mató, por error y por impulso, a alguien que intentaba salvar la estación. Su búsqueda de una forma de romper el Muro Tormenta es también una búsqueda de redención, sostenida por mensajes lanzados a frecuencias antiguas hacia una oscuridad que nunca contesta.
En el otro extremo de la trama, el Caballero Jedi Bell Zettifar patrulla los sistemas fronterizos a bordo del Tratado junto a Burryaga, la charhound Ascua y un destacamento republicano. Ha renunciado al gran problema estratégico para ocuparse del pequeño y urgente: llegar a tiempo a las llamadas de auxilio de los asentamientos que los Nihil saquean impunemente gracias a sus motores Camino. Para él, cada muerte es un fracaso, y esa contabilidad íntima define lo que significa el lema «por la luz y la vida» cuando la guerra ya se ha perdido en el mapa.
Sobre todo ello pesa la política. La Canciller Suprema Lina Soh sostiene una República tensionada por las cosechas perdidas de Hetzal, un Senado que empuja hacia una paz negociada que legitimaría el espacio Nihil, y una herida personal: su hijo desapareció tras el muro el día que este se alzó. La novela plantea así una pregunta incómoda —¿negociar con quien secuestra mundos es traición o es el único camino de vuelta para los cautivos?— sin ofrecer respuestas cómodas.
El libro funciona como el arranque de una nueva fase del relato: un mundo en el que los villanos ya han ganado, los héroes han sido reducidos y el enemigo dispone de un arma —los Sin Nombre, devoradores de Fuerza— diseñada específicamente para deshacer aquello que hace Jedi a un Jedi. Su tensión no nace del suspense sobre quién vencerá, sino de observar cómo se reconstruye la esperanza desde el punto exacto en que fue aplastada.
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