Tras la muerte de su padre y el derrumbe de la fortuna familiar, John Stewenson hereda lo único que queda en pie: el rancho «Doble Z», en Big Spring, Texas.
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Tras la muerte de su padre y el derrumbe de la fortuna familiar, John Stewenson hereda lo único que queda en pie: el rancho «Doble Z», en Big Spring, Texas. Educado en el Este y ajeno a los códigos de la frontera, viaja al Oeste para dirigirlo en persona y encuentra una comarca asfixiada por el robo de ganado, los préstamos que hipotecan tierras y una organización criminal cuyos hilos parecen llegar hasta las propias autoridades del pueblo. Una novela clásica de aprendizaje, sospecha y coraje en la pradera.
La lectura de un testamento abre esta novela del Oeste con una noticia amarga: del patrimonio colosal de Anthony Stewenson solo sobrevive un rancho lejano, el «Doble Z», y su testamento exige que sea el hijo, John, quien lo dirija en persona. El joven acepta sin dramatismo. Recoge en el despacho del notario dos sobres —una carta escrita por su padre en las últimas horas, la escritura de propiedad y un cheque— y toma la diligencia hacia Big Spring, un pueblo tejano crecido de prisa entre el ganado y unas minas de plata recién descubiertas, adonde llegan a diario tanto los ilusos como los que viven de ellos.
Su aspecto de ciudad lo delata antes de que abra la boca. La primera noche en el único saloon del lugar termina en burlas, un combate a puñetazos y un duelo a pistola que John acepta sabiendo que no tiene ninguna posibilidad: no ha aprendido a desenfundar. Lo salva un forastero de puntería asombrosa que dice llamarse Edward Sanders, gun-man de oficio y hombre atado a una venganza de doce años, tras la pista de un asesino al que reconocería por una cicatriz en la muñeca.
En el rancho, su tío Joe Mortimer le describe una ruina compartida por toda la comarca: cuadrillas de cuatreros que vacían los corrales, nóminas infladas para defenderse y créditos del juez del pueblo que acaban convirtiéndose en hipotecas. John responde con una intuición de recién llegado que resulta ser la correcta —el enemigo no está fuera, sino dentro—, y empieza a reunir aliados: Elena Parker, hija del ranchero vecino, que le salva la vida de un tirador emboscado, y Smiki, antiguo sheriff mutilado por la banda, cuya memoria apunta hacia dos nombres respetables del pueblo.
La narración alterna la formación del protagonista —tiro, caballo, trato con hombres duros— con el retrato de un poder local que se sostiene sobre el mismo bandidaje que finge combatir. El interés no está en la sorpresa de la trama, sino en el pulso entre la nobleza aprendida en el Este y unas reglas que se escriben con las armas.
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