Segunda entrega de una saga de fantasía urbana en la que dos mellizos de San Francisco, recién despertados a la magia, descubren que su regreso a casa no significa el fin del peligro.
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Segunda entrega de una saga de fantasía urbana en la que dos mellizos de San Francisco, recién despertados a la magia, descubren que su regreso a casa no significa el fin del peligro. Mientras Nicolas y Perenelle Flamel envejecen a marchas forzadas sin el libro que sostenía su inmortalidad, una nueva amenaza llama a la puerta de la familia y el tiempo empieza a contarse en días.
La obra arranca con una confesión: un hombre de casi setecientos años admite que tiene miedo, no de morir, sino de dejar atrás a quienes dependen de él. Ese tono íntimo abre una historia que se despliega en apenas dos días de calendario —un martes y un miércoles de junio— repartidos en decenas de capítulos breves, un formato que imprime al conjunto la respiración corta del thriller.
En el centro están Sophie y Josh, dos hermanos mellizos que vuelven a la casa de su tía en Pacific Heights después de seis días que lo han cambiado todo. La novela saca buen partido de ese contraste: los chicos han aprendido a manejar fuerzas antiguas, pero siguen teniendo que inventar excusas creíbles para una anciana que llama por teléfono si llegan cinco minutos tarde. La escena en la que ensayan su coartada —una librería cerrada, un escape de gas, unos días en el desierto— resume el humor doméstico que la autoría intercala entre los episodios de tensión, y también su conflicto de fondo: los padres de los mellizos son arqueólogos y paleontólogos, y contarles la verdad equivaldría a desmontar el trabajo de toda su vida.
La amenaza llega en forma de limusina negra que se detiene justo donde no debería. De ella baja una mujer idéntica a una aliada de los hermanos, salvo en la mirada: se presenta como hermana gemela de aquella guerrera y exige saber qué le ha ocurrido, porque ha sentido cómo se desvanecía de este mundo. El encuentro plantea con eficacia uno de los ejes del libro: el vínculo entre gemelos como canal físico del dolor ajeno, algo que Sophie reconoce de inmediato porque lo ha experimentado con Josh —costillas rotas, un hombro dislocado, un ahogo compartido a distancia.
En paralelo, el matrimonio de alquimistas regresa a la librería que fue su hogar y la encuentra devorada por el moho, el azufre y la podredumbre: una imagen del deterioro que también avanza sobre sus cuerpos. Sin el hechizo que renovaba su longevidad, a él le quedan días; a ella, unos pocos más. De esa cuenta atrás nace la decisión que orienta la trama: dejar de huir y esconderse para pasar al ataque, empezando por una prisión insular donde, según los rumores, se acumula algo peor que presos.
El relato se apoya en un elenco de figuras tomadas de la historia y la leyenda —alquimistas, condes, reyes antiguos, guerreras milenarias— y en la premisa de que todo mito guarda un residuo de verdad, incluida la traducción de un nombre que a Josh se le queda helada en la boca: «antepasados enemigos». Sobre esa base, la novela combina persecución urbana, magia elemental organizada por elementos, viajes en el tiempo insinuados desde el prólogo y la desconfianza creciente de los mellizos hacia sus propios mentores, que han hecho cosas de las que no se enorgullecen pero de las que tampoco se arrepienten. Todo apunta hacia una fecha próxima, un acontecimiento asociado al solsticio de verano que promete el regreso de los antiguos amos del mundo.