El hombre que viajó solo es la segunda novela de la trilogía que C. Virgil Gheorghiu reúne en esta edición de sus Obras Completas (Luis de Caralt, 1960), junto a La Hora Veinticinco y El oro de la piel.
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El hombre que viajó solo es la segunda novela de la trilogía que C. Virgil Gheorghiu reúne en esta edición de sus Obras Completas (Luis de Caralt, 1960), junto a La Hora Veinticinco y El oro de la piel. Narra la partida de Traïan Matisi, joven hijo de un pope rural de Moldavia, hacia la Universidad de Bucarest, y su rápida escalada como redactor y escritor en la capital. Bajo la superficie de un relato de aprendizaje y éxito personal, la obra traza un itinerario marcado por la separación familiar, el desarraigo y un presentimiento de pérdida que envuelve la despedida inicial.
La novela abre con una escena de despedida en la aldea de Isvor: Traïan Matisi, hijo del cura del lugar, emprende viaje hacia Bucarest para iniciar sus estudios universitarios mientras su madre, presa de un llanto que ella misma no sabe explicar del todo, teme no llegar a verlo regresar. El apodo cariñoso y burlón que sus hermanos le han puesto —«el Difunto», por su costumbre de pasar los días absorto en la lectura— queda flotando como un presagio sobre el resto del relato. El viaje en tren, que Traïan realiza completamente solo, funciona como umbral simbólico entre la vida campesina y familiar que deja atrás y el mundo urbano que lo espera.
Instalado en un Hogar de Estudiantes de la capital, Traïan encadena una serie de logros que exceden sus propias expectativas: es admitido como redactor de sucesos en un periódico de Bucarest, gana el respeto de profesores y del director del internado, y recibe como distinción una habitación individual, privilegio reservado a los estudiantes más destacados. Su talento literario, ya insinuado antes de salir de Isvor gracias a dos libros de poesía publicados en su adolescencia, se confirma en la redacción, donde un veterano periodista le augura un futuro como gran novelista. Paralelamente, Traïan proyecta sobre sus primeros sueldos gestos de gratitud hacia los suyos —un regalo para su padre, la ilusión de ayudar algún día a su madre— que revelan el peso afectivo de la familia dejada atrás y la promesa, aún pendiente, de una vuelta a casa por Navidad.
Según se desprende del conjunto de la obra dentro de la trilogía, el itinerario de éxito y ambición del joven periodista y escritor no está exento de un designio trágico: el propio relato es descrito, en el marco editorial de esta edición, como una obra en la que el protagonista narrador —trasunto declarado de las vivencias del propio autor, también hijo de un pope ortodoxo exiliado de Rumania— no llega a ver cumplido el desenlace de su historia, aunque la novela se cierra con una afirmación de fe en un nuevo horizonte más allá de las fronteras europeas. De este modo, El hombre que viajó solo enlaza el impulso ascendente y luminoso de sus primeros capítulos con la sombra de la angustia y el desarraigo que atraviesa el resto de la producción de Gheorghiu, escritor rumano cuya obra estuvo marcada por la experiencia de la guerra, el exilio y la búsqueda de un lugar de pertenencia.
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