Una obra que respira entre el suspenso y la quietud, donde momentos de intimidad cotidiana se quiebran con la irrupción de lo inexplicable. Bajo cielos que guardan secretos, Jim Lovell y otros viajeros contemporáneos experimentan la…
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Una obra que respira entre el suspenso y la quietud, donde momentos de intimidad cotidiana se quiebran con la irrupción de lo inexplicable. Bajo cielos que guardan secretos, Jim Lovell y otros viajeros contemporáneos experimentan la fricción entre lo técnico y lo abismal. Paisajes que hablan: un lago en Florida, un cielo sin estrellas sobre el Pacífico, una ciudad africana consumida por la guerra. En todos ellos, la sensación de que algo se fractura en las superficies de lo real.
Una obra que teje múltiples temporalidades en torno a la experiencia del peligro, la fragilidad y la intuición de lo inconmensurable. En las aguas tranquilas del Lago Kissimmee en octubre de 1965, un astronauta cena con su esposa mientras los restos de un lanzamiento fallido aún tiemblan en el horizonte cercano. Un acto de intimidad simple—una cena, un paseo en coche, besos bajo la luna—se ve atravesado por una sensación de ruptura, como si las superficies ordinarias de la realidad ocultaran grietas que solo algunos pueden percibir. «Un pliegue en las cosas», susurra el personaje, incapaz de explicar esa turbación que lo recorre.
Retrospectivamente, la narrativa salta a 1954, cuando Jim pilotaba un cazabombardero sobre el Pacífico, perdido en una noche sin estrellas, sin instrumentos que funcionaran, sin certeza alguna. Cada intento por orientarse lo alejaría más. El control técnico se desmorona, y solo la intuición puede salvarlo.
Luego, la obra avanza hacia 1992, a una ciudad africana desgarrada por guerra y sequía, donde otro hombre enseña en zonas rurales, vive en un apartamento alto sin electricidad, y toca un piano con las cuerdas cortadas, escuchando la música que resuena en su propia mente. En una cantina que resurge del polvo, conversa con Nick Jenkins, otro expatriado, otro viajero perdido que busca significado en los márgenes del mundo.
La obra cultiva una atmósfera de suspensión constante, donde lo doméstico se quiebra, donde los personajes habitan la frontera entre el control técnico (cohetes, instrumentos, radios) y la incapacidad total de comprender lo que sucede realmente. No es la trama lo que importa, sino el aire que se respira: espeso, cargado de premoniciones, de grietas que se abren en las cosas ordinarias. Una meditación sobre la existencia al borde del abismo.
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