Un sicario moribundo y supersticioso persigue por Madrid a Eduardo Blaisten, el hombre al que juró matar antes de que su propio cuerpo lo derrote.
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Un sicario moribundo y supersticioso persigue por Madrid a Eduardo Blaisten, el hombre al que juró matar antes de que su propio cuerpo lo derrote. Convencido de que hoy es su último día, se aferra a rutinas de enfermo y a la disciplina de Immanuel Kant mientras el azar, el estrabismo y una maldición que le impide dormir sabotean cada intento.
El señor Y. tiene la certeza absoluta de que va a morir hoy. Como mucho, mañana. Su cuerpo —horadado por tumores, flemas sanguinolentas, pies planos, un fémur que le duele sin motivo y una alergia al látex que nadie le cree— no admite otra lectura. Pero antes de irse debe cumplir un encargo que ya cobró por adelantado: asesinar a Eduardo Blaisten. Es, dice, un hombre de moral kantiana.
Lleva un año y dos meses siguiéndolo. Conoce sus trayectos, sus cafés a horas exactas, sus abrigos de invierno y sus polos de verano, el maletín de piel que nunca suelta, los idiomas que habla y los periódicos que lee. Conoce incluso el detalle que más le escuece: Blaisten tiene una amante, y él no. Esa vigilancia minuciosa, sin embargo, no le sirve de nada, porque el sicario arrastra dos condenas que vuelven imposible su oficio. Es estrábico, de modo que cada objetivo se le duplica y sus cuchillos se estrellan contra paredes vacías. Y padece la Maldición de Ondina: su cuerpo olvida respirar cuando duerme, lo que lo obliga a vivir en una vigilia perpetua salpicada de microsueños que le roban segundos enteros en los peores momentos —en mitad de una pregunta, frente a una máquina de turnos, a medio metro de la nuca de su víctima.
La novela alterna la crónica de esta persecución fallida por el centro de Madrid —una mercería, una oficina de Correos, los pasillos del metro, una tienda de maquillaje profesional— con dos historias paralelas que el narrador se cuenta a sí mismo como espejos. Por un lado, la de Kant en Königsberg: sus paseos de una hora exacta, sus mudanzas para huir del ruido, sus conversaciones con el criado Lampe sobre el insomnio, la cama como nido de enfermedades y el precio de dormir demasiado. Por otro, la de Edgar Allan Poe, el otro hombre asediado por la mala suerte, arrastrado por su infortunio hasta una jornada electoral en Baltimore y una muerte de causas inagotables. Entre ellas se cuela también el mito germánico de la ninfa traicionada que condenó a su marido a no volver a dormir jamás.
De esa alternancia nace un humor negro seco y preciso, hecho de mediciones de tensión arterial, temperaturas rectales y catálogos de dolencias. El narrador es a la vez un asesino profesional y un hipocondríaco meticuloso; su fracaso es cómico y su cuerpo, genuinamente terminal. Cuanto más se demora en matar a Blaisten, más evidente resulta que la persecución sostiene su vida tanto como la amenaza, y que el rigor kantiano que invoca es lo único que le queda para no desmoronarse antes de tiempo.
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