Una pulsera de brillantes valorada en más de un millón de dólares se esfuma de la trastienda de una joyería neoyorquina, y lo que empieza como un robo sin pistas se convierte en una cadena de crímenes cuando la única testigo dispuesta a…
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Una pulsera de brillantes valorada en más de un millón de dólares se esfuma de la trastienda de una joyería neoyorquina, y lo que empieza como un robo sin pistas se convierte en una cadena de crímenes cuando la única testigo dispuesta a hablar aparece acribillada en una cuneta. El teniente Steve Hooper, joven, obstinado y con fama de no soltar nunca una presa, recorre el trayecto que va de las mansiones de la Quinta Avenida a los clubes nocturnos y las calles de Harlem para averiguar qué busca realmente el asesino. Una novela policíaca breve y tensa, escrita al ritmo seco del género de quiosco.
Nueva York. El industrial William Barner encarga para su hija Pamela una pulsera de brillantes tasada en más de un millón de dólares. La joya nunca llega a la Quinta Avenida: desaparece de la caja fuerte del joyero Richard Siking en los pocos minutos en que la puerta quedó entreabierta y la trastienda sin vigilancia. Casi al mismo tiempo, un hombre dispara contra un coche patrulla en la Madison Avenue, mata a un agente y escapa por las alcantarillas hasta perderse en Harlem. Nadie logra demostrar que ambos hechos estén relacionados, pero tampoco nadie consigue separarlos del todo, y el caso se enfría durante dos meses.
Cuando el teniente Steve Hooper regresa de otra misión, el capitán Brown le entrega el expediente casi como un desafío. Hooper empieza por lo evidente —el joyero que fue imprudente, su llamativa dependienta, las dos puertas de hierro que dan al callejón— y descubre enseguida que en esa tienda hay más silencios que respuestas: un matrimonio interracial construido sobre un pasado judicial que Siking asegura conocer, unos celos que todos mencionan y nadie explica, un cuñado que aparece en el barrio equivocado gritando amenazas.
El caso se rompe por otro lado. Sara Mitchel, una joven que trabaja en el Perry Club, telefonea a la policía diciendo que sabe algo de la pulsera y pide expresamente que acuda Hooper. No llega a la cita: un desconocido de traje gris y coche rojo la saca del local, la lleva a las afueras y la mata a tiros. Lo que hace después con el cadáver desconcierta incluso al laboratorio, porque no responde al patrón de un maníaco: el asesino buscaba algo, y no lo encontró. Esa frustración —una maldición dicha en voz alta en mitad de la noche— convierte el crimen en el primero de una serie, porque quien busca así no puede detenerse.
A partir de ahí la investigación avanza por dos caminos que se rozan sin llegar a tocarse: el mundo cerrado y ostentoso de los Barner, con una heredera caprichosa acostumbrada a que ningún hombre le diga que no y un primo huérfano que se pone nervioso antes de que le pregunten nada; y el circuito de la ciudad que trabaja de noche, el portero del club, el novio al que Sara dejó plantado a los dieciocho años, la acomodadora de cine que oyó lo que no debía y que ahora cree haber encontrado el amor de su vida en un hombre elegante con un coche rojo abollado. Hooper, que sobrevive a un atentado en una calle con niebla y recibe un anónimo amenazador cuya letra pequeña no cuadra con el arma empleada, sospecha que alguien está trabajando para desviarle.
Publicada en la tradición de la novela policíaca popular de quiosco, la obra combina un enigma de objeto perdido con la mecánica del asesino en serie y avanza en capítulos cortos, diálogo abundante y giros administrados con puntualidad. El resultado es un relato de lectura rápida que también deja ver, sin proponérselo del todo, el modo en que la ficción de género de su época retrataba la frontera racial de una ciudad: quién es sospechoso por defecto, quién resulta invisible para los testigos y de qué lado de esa frontera caen siempre las víctimas.
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