Madrid, otoño de 1968. Una mujer aparece flotando en el estanque del Retiro sin marcas de violencia, con los zapatos impecablemente anudados y la lengua teñida de un extraño color morado.
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Madrid, otoño de 1968. Una mujer aparece flotando en el estanque del Retiro sin marcas de violencia, con los zapatos impecablemente anudados y la lengua teñida de un extraño color morado. Quien debe explicar esa muerte es Lucio Garza, un médico forense discreto y metódico, padre de siete hijos, que descubre demasiado pronto que el detalle insignificante que le inquieta es la firma de alguien que ya ha matado antes. A lo largo de cuatro estaciones, entre casas de citas encubiertas, periódicos de sucesos y salones donde se regalan libros por el cumpleaños de la madre, la investigación se filtra en la vida doméstica de los Garza hasta volverla irreconocible.
En una noche de octubre en que el frío llega de golpe a la capital, Eva sube la cuesta de Moyano camino de casa. Trabaja en un piso discreto de Costa Fleming con placa de casa de modas en la puerta, lleva meses con la sensación de que unos ojos la vigilan y guarda en el bolso un silbato que le regaló un cliente. Esa noche el silbato suena. No sirve de nada. Horas después, su cuerpo aparece en el estanque del Retiro, sin golpes, sin cartera, sin nombre.
El encargado de devolverle ambas cosas —identidad y causa de muerte— es Lucio Garza, forense del Instituto Anatómico de la calle Santa Isabel. Es un hombre de barrio, saludado por la frutera y el del quiosco, de traje impecable y modales medidos, que eligió la medicina precisamente para no tener que tratar con los vivos. En su mesa de autopsias no se admiten bromas ni juicios sobre los muertos, y es allí donde empieza a acumular las anomalías que nadie más quiere mirar: unos zapatos atados con demasiado cuidado, una rebeca abrochada en el ojal equivocado, una lengua ligeramente violeta.
La novela transcurre entre el otoño de 1968 y el verano de 1969, organizada en cuatro partes que siguen el ciclo de las estaciones, y avanza en dos frentes que terminan por ser el mismo. En uno está el rastro de un asesino que trata cada víctima como una pieza de escenografía y que deja, en cada cuerpo, la huella dulce y absurda de un caramelo. En el otro está la casa de los Garza: Teresa, la matriarca que solo acepta libros como regalo de cumpleaños y que resuelve las emergencias con la sangre fría de un general; Ágata, la primogénita, curiosa y tenaz, con instinto de reportera; y seis hermanos más —el seminarista de manual, el melenudo que colecciona lo prohibido, el soldado callado, el aficionado a los tebeos, la adolescente lectora de novela negra y el pequeño soñador de ciencia ficción— cuyas lealtades irán quedando a prueba.
Alrededor, un Madrid reconocible y minuciosamente reconstruido: los puestos de libros viejos de la cuesta de Moyano, las galerías de la Gran Vía, las redacciones que alimentan la crónica de sucesos, los calabozos, los mítines clandestinos, las tardes de cine y los domingos de fútbol. Es una ciudad de fachadas respetables donde todo el mundo sabe qué conviene no preguntar, y donde una investigación honesta obliga a incomodar a apellidos ilustres, médicos amables, abogados influyentes y policías que no siempre están del mismo lado.
A medida que aparecen nuevos cuerpos y la prensa bautiza al culpable, el caso deja de ser un expediente profesional para convertirse en una amenaza doméstica: alguien cercano miente, alguien conocido observa, y el hilo que Lucio persigue en la morgue conduce, tarde o temprano, a su propio portal. Con humor seco, atención al detalle forense y un retrato afectuoso de la familia numerosa como campo de batalla, la novela combina el thriller de asesino en serie con la crónica social de una España que empezaba a cambiar sin atreverse a decirlo, y guarda para el final una revelación que reordena todo lo leído —además de la puerta abierta a un misterio nuevo.
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