Las calles de París en los sesenta. Salas oscuras de cine. El eco de La Habana en conversaciones que cruzaban el Atlántico. Así florecieron estas cartas entre Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante: dos cubanos que llevaban la isla…
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Las calles de París en los sesenta. Salas oscuras de cine. El eco de La Habana en conversaciones que cruzaban el Atlántico. Así florecieron estas cartas entre Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante: dos cubanos que llevaban la isla adentro mientras construían vidas de creación en Europa. Fotógrafo y escritor se escriben desde el exilio, tejiendo a través de líneas de tinta la persistencia de una amistad que el destino político no pudo romper.
París en los años sesenta exhala el polvo de proyecciones privadas y cafés donde cinéfilos discutían en susurros. Londres respira bajo una lluvia perpetua que trae consigo ecos del Caribe. Entre estas ciudades, en salas oscuras de cine y escritorios de críticos y novelistas, circulan las cartas reunidas en este volumen: correspondencia entre Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante, dos creadores cuyas vidas se entrecruzaron en el cine habanero de los años cuarenta.
Amor compartido por la imagen cinematográfica los unió primero en La Habana, donde fundaron juntos el primer cine-club de la isla. Después los dispersó el exilio: Almendros hacia París, donde se abrió paso lentamente, trabajando en galerías de arte, enseñando idiomas, hasta encontrar su lugar en el cine europeo. Cabrera Infante deambuló por Bruselas antes de establecerse en Londres, donde su pluma se convirtió en puente permanente con la isla abandonada.
Durante casi cuarenta años, ambos se escriben. No son cartas de negocios, sino testimonios de una lealtad inquebrantable: reflexiones sobre películas vistas en retrospectivas parisinas, confesiones sobre dificultades económicas, evocaciones de amigos perdidos, lamentos por una patria cerrada. Las cartas documentan la ascensión vertiginosa de Almendros hacia la cima del cine mundial, sus encuentros transformadores con Rohmer y Truffaut, el Óscar que coronaría su trayectoria. Simultáneamente, revelan la otra cara del exilio: la nostalgia como lastre, la melancolía de quienes no pueden regresar, la extrañeza de conseguir éxito profesional mientras la patria permanece inaccesible.
Estas páginas son un retrato de la amistad intelectual en tiempos de desplazamiento. Testimonios de cómo dos creadores eligieron la imagen y la palabra como formas de permanencia, como maneras de seguir siendo, de algún modo, habitantes de la isla que los expulsó.
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