En la Sevilla convulsa del siglo XVII, entre muladares pestilentes y corrales infestos, el Lagartija forma parte de una banda de niños huérfanos que sobreviven con lo que el hambre y la astucia les permiten robar.
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En la Sevilla convulsa del siglo XVII, entre muladares pestilentes y corrales infestos, el Lagartija forma parte de una banda de niños huérfanos que sobreviven con lo que el hambre y la astucia les permiten robar. Liderados por el Manco, un muchacho marcado por misterios marinos, estos cuatro descubren que la línea entre la vida y la muerte es tan delgada que puede cruzarse en el silencio de una palmada. Cuando presencia la muerte súbita de un pescadero, el Lagartija comprende que en las calles no hay clemencia ni explicación: solo la violencia desnuda que respeta los códigos tácitos de quienes viven en la sombra.
En la Sevilla convulsa de principios del siglo XVII, donde los galeones regresan cargados de riquezas y el puerto palpita con la energía del comercio y la codicia, un grupo de niños huérfanos habita en las sombras del Arenal. El Lagartija forma parte de esta banda, liderada por el Manco, un adolescente desgarbado cuya ausencia de dos dedos en la mano izquierda testimonia un pasado lleno de misterios marinos que solo él conoce. Juntos, estos cuatro niños tejen su supervivencia entre el hambre, los hurtos menores y la búsqueda de las migajas que la abundancia urbana deja caer.
La vida en los corrales es precaria: un escondrijo bajo las escaleras, mendrugos enmohecidos, peras podridas rescatadas de basureros. El Manco es quien enseña el arte de la invisibilidad, cómo volverse transparente ante la autoridad, cómo reconocer dónde se pierden las monedas o dónde una bolsa descuidada espera ser sustraída. Pero hay una línea que no se cruza: la violencia es el reino de la noche, y los niños aprenden temprano que los rateros trabajan de día y los matones de noche.
Un día ordinario en el Arenal, mientras el mercado bulle de vida después del retorno de la flota, el Lagartija presencia una escena que lo traumatiza. Un soldado joven, burlador y despiadado, se enfrenta a dos vendedoras de ostras. El pescadero, un hombre corpulento de manos fuertes, interviene para defender a las mujeres, pero en un gesto que parece casual, una palmada de despedida, el soldado ejecuta algo terrible. No hay sangre visible, no hay herida aparente, solo la muerte súbita que se adueña del pescadero en un instante. Su mirada, inundada de pánico, busca la del Lagartija como último grito de auxilio.
Este episodio marca un antes y un después. La muerte, que el Lagartija solo conocía como cuerpo inerte de su padre años atrás o como cadáveres anónimos en las aguas del Guadalquivir, se le revela como algo instantáneo, silencioso y brutal. No es una enfermedad lenta ni una tragedia previsible; es la violencia en su forma más pura, despojada de toda lógica. El Manco lo confirma después: el soldado usaba un punzón, directo al corazón, un arma que deja apenas rastros. Para el Lagartija, el terror de aquella muerte lo ha marcado de otra manera. La fragilidad de la existencia, la ausencia de control sobre el momento final, la idea de morir sin palabras, sin explicación: todo esto lo aterroriza en las profundidades de su ser.