Tercera entrega de "El sabor de los sueños", donde Sophie descubre que la vida perfecta que soñaba —marido, hija, carrera en publicidad— era solo eso: un sueño.
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Tercera entrega de "El sabor de los sueños", donde Sophie descubre que la vida perfecta que soñaba —marido, hija, carrera en publicidad— era solo eso: un sueño. Tras vengar a su abuela con un disparo, debe habitar una realidad que no reconoce, protegida por Alex y perseguida por un asesino que ya sabe su nombre.
Todo empieza con una mañana impecable. Suena la alarma a las 6:30, hay hot cakes en la mesa, una niña de ojos brillantes que se resiste a despertar, un esposo que la abraza de vuelta a la cama, un chofer que la lleva a la agencia de publicidad número uno de Nueva York. Sophia repasa mentalmente su lista de pendientes mientras se ducha: presentar el proyecto final, comer con su mejor amiga, pasar por casa de sus padres, hacer el amor hasta caer agotada. Cierra los ojos agradeciendo al destino por una vida perfecta.
Y entonces la voz que narra corrige el tiempo verbal. Esa vida no ocurrió: pudo haber ocurrido, antes de soñar con Alex y enamorarse de él sin conocerlo, antes de saber que su familia carga una historia de mafiosos y que él trabaja eliminando amenazas, antes de entrar en su mundo y voltear el propio de cabeza. Antes de apretar el gatillo.
Porque Sophie mató a Mizuki. Le arrebató el arma a Alex y disparó, no por justicia sino por odio, después de que aquella mujer asesinara a su abuela Lany. Lo confiesa sin coartadas: no estaba triste, se lo merecía. Pero la adrenalina se agota y llegan la culpa y el remordimiento, esas nubes negras que ningún viento mueve, que convierten el simple acto de respirar hondo en un nudo imposible de tragar.
Alex la carga hasta el auto, la lleva a la residencia Embery, la baña en silencio, le venda la pierna herida y la acuesta contra su pecho sin exigirle una palabra. El jabón se lleva la sangre seca, no la suciedad de la conciencia. A las tres de la mañana, Sophie despierta al frío en la espalda y escucha por la puerta entreabierta una conversación entre Alex y Owen: la casa de su abuela fue destruida y se hará pasar por un asalto, la policía no preguntará, mañana arrestarán a un culpable conveniente. Y hay algo más. El cuerpo de Mizuki no está. El almacén seguía cerrado, la sangre y los casquillos intactos, el cadáver desaparecido. En su lugar, una tarjeta. Es de él. El Moro está buscando a Sophie, y Owen teme que no puedan protegerla.
El relato retrocede también a la infancia, a las noches en que Lany le contaba leyendas polacas para domesticarla: la Kikimora que estrangula en las casas desordenadas, Astonia que se alimenta del mal olor, monstruos vencibles con solo obedecer. Todos menos uno. Chernobog, la personificación del mal, dos destellos rojos flotando bajo una capa negra que consume la luz, un ser que no castiga a los villanos ni persigue a los justos: simplemente aparece cuando el destino se aburre de ti. Fue la última historia que la abuela le contó. Ahora Sophie entiende que algunos monstruos no se espantan encendiendo la luz.
Entre la ternura doméstica de un sueño que nunca fue y la crudeza de un mundo donde los cuerpos se esfuman y las tarjetas anuncian sentencias, “Dulce realidad” cierra el arco de una mujer que se despide del capullo de la niña buena. No para volverse mejor ni peor: solo alguien distinto. Alex promete llevarla a la luna si hace falta para esconderla; jura que tendrán que matarlo y quemarle los huesos antes de que alguien la toque. Es precisamente esa promesa lo que más preocupa a quienes los rodean.