En la luminosa Constantinopla del siglo IV, un filósofo de alcurnia paflagonia teje su destino entre las plumas y las togas. Temistio hereda de su padre Eugenio la devoción por Aristóteles y construye una carrera singular: profesor…
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En la luminosa Constantinopla del siglo IV, un filósofo de alcurnia paflagonia teje su destino entre las plumas y las togas. Temistio hereda de su padre Eugenio la devoción por Aristóteles y construye una carrera singular: profesor reverenciado y orador cortesano, influyente en los pasillos del poder imperial sin renunciar a su condición de pensador. Sus discursos resonarán ante emperadores como Constancio y Juliano, mientras rivalidades doctrinales lo persiguen y los compromisos políticos lo mantienen en el filo de la integridad.
Los discursos conservados de Temistio, junto con las cartas de su contemporáneo Libanio, revelan la trayectoria de un hombre marcado por la herencia intelectual. Hijo y nieto de filósofos, educado en las provincias orientales antes de llegar a Constantinopla, Temistio encarna la tradición helenística en sus años de transformación.
En la pujante capital imperial, Temistio establece su cátedra alrededor del 337. Sus lecciones sobre Platón y Aristóteles atraen a discípulos de todo el imperio, pero también despiertan la envidia de rivales que lanzan contra él ataques despiadados. Cada agresión lo empuja a redactar apasionadas defensas del papel del filósofo en la vida pública. Cuando su padre muere en 355, Temistio regresa a Paflagonia a pronunciar el discurso fúnebre, llevando consigo el peso de una continuidad intelectual que debe mantener.
Ese mismo año, el emperador Constancio lo sorprende incorporándolo al Senado de Constantinopla. La decisión refleja cómo la filosofía política de Temistio —que ve en el emperador ilustrado la encarnación del gobernante-filósofo platónico— se alinea con los intereses imperiales. Desde entonces, su influencia crece: recluta senadores, supervisa acaso la biblioteca imperial, legitimiza el orden político con su autoridad intelectual.
Pero cuando Juliano llega al poder en 361, la tormenta se desata. Aunque lo reconoce como antiguo maestro, el nuevo emperador pertenece a otra escuela de pensamiento. Creyente en la ortodoxia neoplatónica, Juliano considera que el filósofo debe permanecer alejado de la política. Su carta de respuesta al protréptico de Temistio, publicada como arma política, siembra sospechas sobre la lealtad del senador. El ambiente en Constantinopla se vuelve tenso, frío. Temistio continúa sus funciones, pero ahora bajo la sombra de dos concepciones irreconciliables del helenismo.
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