Crónica familiar en viñetas breves que reconstruye, a partir de retazos heredados, la historia del tío Manuel: el hermano mayor que despojó de su herencia a una casa grande gallega y maltrató a sus propios padres, y que la historia local…
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Crónica familiar en viñetas breves que reconstruye, a partir de retazos heredados, la historia del tío Manuel: el hermano mayor que despojó de su herencia a una casa grande gallega y maltrató a sus propios padres, y que la historia local solo recuerda como alcalde de posguerra. Entre la anécdota doméstica, la copla popular y el apunte histórico, la narradora indaga en cómo se cuenta —y cómo se calla— la maldad cuando es de casa.
Todo empieza con una fotografía: trece hermanos —«sin contar los muertos»— posando ante la casa matriz, y en una esquina, erguido, de traje blanco, sombrero blanco y zapatos blancos, el hombre que presidirá para siempre el relato familiar. De ese retrato guardado en papel vegetal parte una investigación íntima sobre Portarís, la vieja granja de frailes que un bisabuelo zapatero compró en una feria y que su hijo mayor, el tío Manuel, fue vaciando ferrado a ferrado hasta dejarla embargada y malvendida.
La obra avanza en fragmentos titulados —«efemérides», «costuras», «el reparto», «réquiem»— que funcionan como piezas de un tejido que la narradora cose a la vista, sin ocultar las junturas. No hay una versión única: hay una versión extravagante y otra sensata del mismo viaje, hay lo que contaba la abuela Gloria, lo que malrecuerda Casilda de lo que decía la tía Ubaldina, y hay la constatación de que cada hecho tiene tantas variantes como veces se cuenta. Ese escepticismo metodológico es el motor del libro: interrogar el archivo familiar sabiendo que la única fuente disponible es la palabra prestada.
Alrededor del despojo se despliega un retrato del rural gallego del siglo XX. Están los caseros y los curas a la mesa, la feria mensual de Mosteiro con sus arrieros y sus mítines agrarios, la huelga campesina contra unos impuestos que las casas grandes nunca pagaban, los guerrilleros en el monte y la Guardia Civil en las alcobas. Y están las derivas de una familia: la hermana entregada a unas misiones que pasaban por allí, los hermanos que huyeron de noche y reaparecieron quince años después, el abuelo gruñón que plantó un nogal para nietas que aún no existían, la tía cuya huerta era territorio libre frente a la huerta prohibida del abuelo.
El foco vuelve siempre al mismo punto ciego: el silencio. La abuela repite «si fue así de malo con la familia, cómo sería con los de fuera» y nunca completa la frase, porque no nombrar es la forma más eficaz de borrar. Contra esa borradura escribe la narradora, que reivindica la memoria no como homenaje sino como acto de justicia: escribir sobre quienes se empeñaron en no dejar rastro precisamente porque causaron dolor, miedo y muerte, y porque no merecen el anonimato.
Escrito en minúscula continua, con humor seco, coplas populares intercaladas y una voz que mezcla la ternura del recuerdo infantil con la lucidez adulta, el texto convierte una disputa de herencia en una reflexión sobre el poder, la impunidad y la historia que los vencedores no solo escriben: también desescriben.