En una sala de anatomía de Río de Janeiro, un estudiante de medicina llamado Téo ha encontrado a la única persona que le agrada: un cadáver al que ha bautizado como Gertrudes y con el que mantiene una conversación silenciosa que ningún…
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En una sala de anatomía de Río de Janeiro, un estudiante de medicina llamado Téo ha encontrado a la única persona que le agrada: un cadáver al que ha bautizado como Gertrudes y con el que mantiene una conversación silenciosa que ningún vivo le ofrece. Cuando el semestre termina y la pierde, el azar le presenta en una barbacoa a Clarice, una joven desenvuelta que estudia historia del arte, escribe guiones y se pinta cada uña de un color distinto. Téo decide que ese encuentro no puede quedar en nada, y lo que emprende para acercarse a ella —una llamada fingida, una vigilancia paciente, un cuaderno mental de horarios y direcciones— revela hasta qué punto su idea del afecto se parece muy poco a la de cualquier otro. Un thriller psicológico narrado desde el interior de una mente que se explica a sí misma con impecable serenidad.
Téo Avelar tiene veintidós años, estudia medicina y quiere ser patólogo. Mientras sus compañeros se tapan la nariz al entrar en la sala de anatomía, él avanza con la cabeza baja hacia la mesa metálica como quien vuelve a casa: le gusta el olor del formol, el instrumental sobre la bandeja, los miembros conservados en botes. Sobre todo le gusta Gertrudes, el cadáver al que ha puesto nombre, biografía y carácter —una intelectual, una lectora, una mujer que bailó mucho— y con la que sostiene diálogos que nadie más escucha. En su compañía se siente libre; fuera de allí, sabe que debe escenificar el afecto que no siente para que la escenificación resulte verosímil. Cuando suena el timbre de la última clase del curso, comprende que a su amiga la espera una fosa común y que él vuelve a quedarse solo.
La vida doméstica es su otro escenario de representación. Téo prepara el café de su madre, Patricia, que se mueve en silla de ruedas desde un accidente que ambos evitan nombrar, barre el comedor, cambia el papel del perro y la despierta con un beso en la frente, porque es así como actúan los hijos cariñosos. Del ático frente a la playa de Copacabana solo quedan un coche viejo en el garaje y la costumbre de aparentar. En ese registro de rutina sin altibajos —misas de domingo aprendidas de memoria, dibujos animados, cartas leídas por la vecina Marli— aparece Clarice.
Se conocen en la fiesta de cumpleaños de una desconocida, junto a una cerca blanca y un jardín que se confunde con el bosque. Ella es pequeña, bebe demasiado, fuma mentolados, dice lo primero que le pasa por la cabeza y lleva las uñas de todos los colores para ser distinta. Habla de un guion inacabado, de padres burócratas, de vivir antes de que sea tarde. Le hace preguntas incómodas, le da un puñetazo amistoso en el hombro y, al despedirse, un beso. Para Téo ese contacto no es un episodio menor: es el comienzo de algo que decide llamar amor.
Lo que sigue es la construcción metódica de una cercanía que Clarice no ha concedido. Un teléfono prestado con una excusa, una llamada desde una cabina fingiendo un censo oficial, una mañana entera esperando en los pasillos de la facultad, un taxi que sigue a un autobús, una tarde de fotografías en el parque observada desde detrás de un árbol, un concierto al que asiste solo para medir a un rival, una dirección anotada al caer la noche. Téo no se cuenta a sí mismo estos actos como acecho, sino como devoción y como estrategia; su voz razona con una calma que vuelve más inquietante cada paso. La madrugada en que encuentra a Clarice ebria y dormida en un portal le ofrece por fin lo que buscaba: la ocasión de ser necesario.
El relato avanza sostenido por esa distancia entre lo que Téo hace y cómo lo justifica. Bajo el epígrafe de Nietzsche sobre la locura del amor y la razón de la locura, la novela retrata Río de Janeiro desde sus aulas, sus autobuses, sus bares de Lapa y sus casas de altos muros, y organiza la tensión no alrededor de un misterio por resolver, sino de una pregunta que el propio narrador contesta sin alarma: hasta dónde está dispuesto a llegar alguien convencido de que no es un monstruo.