Un puñado de soldados españoles resiste el asedio nocturno de una posición perdida en el desierto del Rif. Cuando la defensa se derrumba, los supervivientes emprenden una huida a solas hacia Melilla, guiados apenas por la estrella Polar y…
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Un puñado de soldados españoles resiste el asedio nocturno de una posición perdida en el desierto del Rif. Cuando la defensa se derrumba, los supervivientes emprenden una huida a solas hacia Melilla, guiados apenas por la estrella Polar y por el recuerdo intermitente de una vida anterior. Esta novela reconstruye ese desmoronamiento desde dentro de la conciencia de quienes lo padecen: el miedo que se vuelve autómata, la crueldad que no distingue bandos y la extraña serenidad de quien ya se sabe olvidado por el mundo.
La obra abre con una imagen que no es humana: una ciudad subterránea, ciega, sostenida por criaturas blandas que jamás verán el sol y defendida por unos pocos guerreros de cráneo acorazado, condenados a morir cuando los suyos tapien los corredores para salvar el conjunto. Ese preludio funciona como cifra de todo lo que viene después. Del hormiguero se pasa, sin transición ni explicación, a una posición militar cercada en el desierto, donde un grupo de soldados espera un ataque que saben inevitable.
La espera es el verdadero territorio del relato. Los piojos, la sed, el picor, los pies destrozados, la luna que confunde el terreno, el compañero que ronca mientras los demás cuentan las horas: la novela se instala en ese tiempo detenido y lo recorre con una pregunta que vuelve como un estribillo — ¿qué hacían allí? Nadie sabe responderla. Ni el cabo, ni el teniente, ni los mandos que los enviaron. Cuando al fin llega la letanía del enemigo rezando en la noche, y con ella el asalto, la resistencia es un desorden de destellos, chilabas caídas convertidas en parapeto, cuerpos a cuerpo y muerte confusa. Los que combaten lo hacen ya como autómatas sin recuerdos ni esperanzas, habitados por otros.
De la matanza escapan unos pocos, siempre solos, porque la única huida posible es a solas. La narración se estrecha entonces sobre un soldado casi niño que corre sin rumbo por barrancos de piedra, se levanta a cada caída y se orienta con la única lección que le queda de su padre: la estrella Polar, siempre al norte. Escondido de día, avanzando de noche, atraviesa un desierto densamente habitado donde cualquier recodo puede tener a alguien sentado, inmóvil, mirando el horizonte. Desde una grieta presencia cómo un grupo de niños remata con piedras y palos a un compañero herido, y no dispara: se queda quieto, y luego intenta convencerse de que aquel amasijo de carne era un animal, un burro hecho carroña.
Con el tobillo destrozado por una caída, encuentra por fin un refugio con vistas al mar —una hendidura inalcanzable, un balcón natural— y comprende que el escondite se ha convertido en trampa. Allí, entre el hambre, la fiebre y el rumor de las olas, la memoria le devuelve a su madre en la cocina, la alberca donde aprendió a nadar, los cigarrillos robados a escondidas, los paseos nocturnos con un hombre taciturno que solo en esas ocasiones llegaba a ser su padre. Melilla queda al alcance de la mano y a la vez fuera de todo alcance. Cuando los niños vuelven a bañarse en la playa, el desenlace se resuelve en un acto que la novela no juzga ni justifica, y que cierra el círculo abierto por la escena del barranco.
El libro no termina en ese cuerpo. Se abre después a los muchos que intentaron la misma ruta, murmurando ánimos que nadie escuchaba, rezando para que no amaneciera antes de llegar; y a los que huyeron hacia el sur, hacia la llanura reseca, mientras las posiciones caían como una ola que avanzaba hacia Melilla. Los que se cruzaban en el camino no lograban acercarse: la certeza del fin los mantenía separados por abismos insalvables. Prosa de frases cortas y repeticiones obsesivas, con el monólogo interior irrumpiendo sin comillas en la voz narradora, la obra construye una elegía sin heroísmo sobre la guerra colonial y sobre lo poco que pesa un muerto en el equilibrio del mundo.