En un garaje convertido en celda, un juez madrileño despierta cada mañana al frío, al cubo común y al ruido de la artillería sobre la ciudad. Con un cuaderno apoyado en una caja de zapatos, reconstruye los meses que lo trajeron hasta aquí:…
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En un garaje convertido en celda, un juez madrileño despierta cada mañana al frío, al cubo común y al ruido de la artillería sobre la ciudad. Con un cuaderno apoyado en una caja de zapatos, reconstruye los meses que lo trajeron hasta aquí: un amor clandestino con una mujer casada, la muerte de su padre coronel, un hermano oficial atrapado entre la lealtad y la sublevación, y el verano en que un país entero se partió en dos.
Ha empezado un día más. El narrador despierta en el suelo de un garaje que sirve de prisión: pisadas en el techo, una corriente helada que entra por los biseles de la entrada, un cazo de líquido oscuro y un pedazo mínimo de pan para toda la jornada. Alrededor, un viejo que castañetea los dientes, un seminarista que reza, un capitán, un estudiante de medicina, unos gemelos que sobrevivieron caminando doce horas diarias para no estar nunca en un lugar fijo. Fuera, los cañones trabajan sobre la ciudad con una regularidad de oficio, y el temor al paseo convive con el temor a los obuses.
Contra ese fondo, el protagonista —juez de treinta y cuatro años, hijo de un coronel de artillería enterrado hace veinte días— instala su escritorio improvisado y empieza a escribir. Busca la encrucijada exacta en que su vida tomó el camino que termina en esa celda, y la encuentra en un sábado de julio: la tarde en un merendero con reservados, la mujer a la que ama mientras se tramita su divorcio, el hombre que quizá los sigue, la noticia de que el Ejército de África se ha sublevado. Desde ahí la memoria se despliega: el marido militante que promete abandonar el Partido, los pasaportes que nunca llegarán a tiempo, la huida a Francia imaginada y desmentida por los propios hábitos burgueses del narrador, la cena familiar en que el padre da el alzamiento por inevitable y un hermano joven calla, deshaciendo el pan en migas, sabiendo que su regimiento va a alzarse sin él.
La obra avanza por asociación más que por trama: el entierro con uniforme de gala saludado con el puño en alto por una columna de milicianos, una tarde de lluvia en el Retiro convertida en instante de gracia que un cañonazo deshace, los retratos que adornan la Puerta de Alcalá, los portales vigilados con porras y estrellas rojas. Todo se sostiene sobre una conciencia que se examina sin indulgencia y se sorprende distraída, feliz o fría cuando cree que debería estar de duelo o de miedo.
El resultado no es una crónica de bandos, sino el relato de cómo un hombre razonable descubre que la vida privada —el deseo, la lealtad familiar, el escrúpulo profesional— no ofrece refugio alguno cuando la historia decide entrar en casa. Escribir es, aquí, el último gesto disponible: ordenar en un cuaderno lo que ya no se puede corregir.