En una localidad de Irlanda del Norte a mediados de los años setenta, Cushla Lavery reparte su vida entre un aula de niños de siete años y la barra del pub familiar, dos escenarios donde el conflicto entra sin pedir permiso: en los partes…
Descargar
En una localidad de Irlanda del Norte a mediados de los años setenta, Cushla Lavery reparte su vida entre un aula de niños de siete años y la barra del pub familiar, dos escenarios donde el conflicto entra sin pedir permiso: en los partes del telediario, en los soldados que beben de paisano, en las preguntas cordiales que sirven para averiguar si alguien es católico o protestante. Cuando conoce a Michael Agnew, un abogado mayor que ella, casado y de familia protestante acomodada, se abre una intimidad tan luminosa como imprudente. Una novela sobre el deseo, la clase social y el precio de cruzar líneas que nadie ha dibujado pero todos conocen.
La historia arranca en un desvío: una visita guiada, décadas después, ante una escultura de resina y fibra de vidrio que representa a un hombre tendido en una postura imposible. La guía explica que la artista la hizo tras el asesinato de un amigo y habla de una figura universal, despersonalizada. Entre el grupo, una mujer se queda atrás y ve otra cosa: el pliegue exacto del vientre, la caída del hombro derecho, la mandíbula un poco laxa, la misma cara que tenía ese hombre cuando dormía. Alguien le toca el brazo y la llama por su apellido. Solo entonces el relato retrocede.
Miércoles de Ceniza, mediados de los setenta. Cushla Lavery tiene veinticuatro años y da clase a los de tercero en un colegio parroquial. Por las tardes ayuda a su hermano Eamonn en el pub de la familia, donde los clientes fijos son un catálogo del lugar: el anciano que compra un huevo para la cena, el bedel del instituto, el paramilitar que de día pesa caramelos en la tienda de su madre, los obreros del astillero y los soldados del regimiento acuartelado cerca. En casa la espera Gina, su madre, viuda, con los rulos puestos, la radio encendida toda la noche y la ginebra siempre a mano. Cushla se limpia la ceniza de la frente antes de servir la primera pinta: hay señas que conviene borrar antes de entrar a trabajar.
Esa noche, un hombre de traje negro y voz grave interviene cuando un soldado la humilla en la barra. Se llama Michael Agnew, es abogado, escribe alguna cosa, cita películas y obras de teatro, y pertenece a un mundo —casa grande en la parte alta del pueblo, piso en Belfast, mujer de buena familia— que hasta ahora Cushla solo había visto de lejos. La atracción es inmediata y desigual: él está acostumbrado a que le escuchen; ella empieza, por primera vez, a pensar en qué aspecto tiene detrás de la barra.
En paralelo transcurre la otra línea del libro, la del aula. Cada mañana los niños hacen «Las Noticias» y recitan con naturalidad un vocabulario que no debería ser suyo: bomba trampa, gelignita, balas de goma, encarcelamiento sin juicio. Entre ellos está Davy McGeown, hijo de un matrimonio mixto, que llega empapado sin abrigo, huele a fritura, escribe poemas sobre narcisos que se balancean como lanzas y aguanta las burlas de sus compañeros y la sospecha de los adultos. La preocupación de Cushla por él —y por su familia, señalada por vivir donde vive— abre un frente tan expuesto como el amoroso. El párroco que irrumpe en clase para interrogar a los niños sobre el catecismo y contarles atrocidades, el director que mira hacia otro lado, la maestra que sustituye la palmeta por una disculpa forzada: la novela mide la violencia también en esos gestos pequeños.
Lo que sigue es la crónica de una mujer que intenta sostener a la vez el afecto, la decencia y el disimulo en un lugar donde cualquiera de las tres cosas puede delatarla. La prosa es seca, sin guiones de diálogo, atenta al detalle doméstico —la ceniza en la chimenea, el vecino comprobando los bajos del coche por si hay una bomba, el olor del puerto antes de la marea— y deja que la amenaza se acumule en los márgenes hasta volverse inevitable. El lector ya ha visto el final antes de empezar: sabe que alguien acabará convertido en escultura y que alguien tendrá que reconocerlo.