En el Dhaka de los años sesenta, Rehana Haque pierde en los tribunales la custodia de sus dos hijos pequeños poco después de enviudar: un cuñado rico y bien relacionado se los lleva a Lahore, al otro extremo de un país partido en dos.
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En el Dhaka de los años sesenta, Rehana Haque pierde en los tribunales la custodia de sus dos hijos pequeños poco después de enviudar: un cuñado rico y bien relacionado se los lleva a Lahore, al otro extremo de un país partido en dos. Todo lo que Rehana hace a partir de ese día —ahorrar, construir, calcular, callar— tiene un único objetivo: traerlos de vuelta. Cuando lo consigue, Sohail y Maya ya casi han dejado de ser niños, y el marzo de 1971 que se abre ante ellos convierte la casa recuperada en el centro de una historia mucho más grande. Tahmima Anam levanta, con una prosa contenida y atenta al detalle doméstico, el retrato de una madre a la que la historia le pide más de lo que había planeado dar.
La novela arranca con una derrota. Recién enviuda, sin dinero ni familia cerca, Rehana Haque escucha a un juez decidir que no está en condiciones de criar a sus propios hijos, y ve cómo su cuñado Faiz y su esposa Parveen se llevan a Sohail y a Maya a Lahore, a mil quinientos kilómetros de Dhaka. Antes de la despedida, Rehana compra dos cometas —una roja, una azul— y les promete que volverán volando. Esa escena de mercado, de papel marrón y cordel de yute, fija el tono de todo el libro: los desgarros mayores llegan siempre envueltos en gestos mínimos.
Lo que sigue es la crónica de una reconquista silenciosa. Rehana escribe cartas a su marido muerto que nunca podrá enviar, cartas a sus hijos que rompe antes de terminarlas, y aprende a convertir un solar asilvestrado en garantía de futuro: sobre él levanta Shona, una casa de dos plantas construida de espaldas al sol y destinada al alquiler, un edificio que es a la vez inversión, penitencia y talismán. La llama “oro” no solo por lo que costó, sino por todo aquello que no piensa volver a perder. Diez años después, la casa tiene grietas y los niños han vuelto.
En marzo de 1971, Rehana celebra como cada año la fiesta del regreso: biryani cocinado la noche antes, carpa roja y amarilla en el jardín, las señoras del gin-rummy, los vecinos, los inquilinos hindúes. Pero sus hijos ya no son suyos del modo en que ella querría. Sohail tiene diecinueve años y Maya diecisiete; ella milita, él se transforma; ambos esperan que las elecciones se respeten y que Mujib llegue por fin al gobierno. Fuera de la verja hay ley marcial, huelgas y una tensión que la fiesta no consigue tapar. La visita de un teniente del ejército, presentado como futuro yerno de la vecina, introduce en el salón la línea de fractura que partirá el país.
Anam construye su relato desde dentro de una casa y desde la mirada de una mujer que nunca quiso protagonizar nada: eligió un marido sin ambición, una vida de moderación, un destino que no supiera volar. La grandeza del libro está en mostrar cómo esa vida deliberadamente pequeña se ve obligada a expandirse, y cómo el amor materno —posesivo, culpable, feroz— se enreda con una causa colectiva que la autora no idealiza. La memoria funciona aquí por acumulación de objetos y costumbres: el Vauxhall llegado de Inglaterra, un padre que sigue el tren en coche por si acaso, las flores de bokul plantadas en una tumba para no tener que ver nunca flores marchitas.
Escrita originalmente en inglés bajo el título ‘A Golden Age’ (2007) y traducida al castellano por Jorge Rizzo, la novela combina la intimidad de la saga familiar con el pulso de una novela histórica sobre el nacimiento de un país. Su fuerza no está en las batallas, sino en el modo en que una madre descubre que proteger a sus hijos y dejarlos marchar pueden ser, al final, la misma decisión.
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