En el verano de 1996, mientras la lluvia caía sobre el foso de su casa de Suffolk, a Roger Deakin se le ocurrió una idea sencilla y desmesurada: cruzar Gran Bretaña a nado.
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En el verano de 1996, mientras la lluvia caía sobre el foso de su casa de Suffolk, a Roger Deakin se le ocurrió una idea sencilla y desmesurada: cruzar Gran Bretaña a nado. Inspirado por «El nadador» de John Cheever, siguió durante un año el recorrido del agua —calas, ríos, pozas, piscinas municipales— y anotó en un diario lo que veía desde el nivel de la superficie. El resultado es un clásico moderno sobre el agua, el cuerpo y la mirada de quien decide salirse de las rutas señalizadas.
Todo empieza con un chaparrón. El narrador cruza el jardín trasero de su casa del siglo XVI, en Suffolk, se mete en el foso alimentado por un manantial y nada a braza con los ojos al ras del agua, viendo caer la lluvia «desde el punto de vista de una rana». De esa escena nace el proyecto que ordena el libro: recorrer las islas británicas a nado, siguiendo el itinerario que la lluvia hace por la tierra hasta reunirse con el mar, y empezar y terminar el viaje en el mismo foso, como el ciclo del agua.
El impulso tiene un padrino literario declarado —el relato de Cheever donde un hombre vuelve a casa cruzando las piscinas de sus vecinos— y una circunstancia íntima: una relación que acaba, un hijo lejos, la libertad incómoda de quien trabaja por su cuenta. Pero el diario no se queda en la confesión. Cada baño abre una digresión: la infancia y las piscinas municipales abiertas a escondidas antes de que llegara el socorrista, los baños nocturnos entre plancton fosforescente, la historia de los fosos de Suffolk como símbolo de estatus rural, los campos de la Edad de Bronce sumergidos frente a las Sorlingas, los vagones Pullman convertidos en casas de veraneo y abandonados a la intemperie.
Nadar funciona aquí como método de conocimiento. Liberado de la gravedad, el cuerpo recuerda que es sobre todo agua; el nadador cruza una frontera y entra en un mundo donde la supervivencia importa más que la ambición o el deseo. También es un gesto deliberadamente subversivo: apartarse de lo señalizado, etiquetado e «interpretado» oficialmente para recuperar algo del carácter antiguo y salvaje del territorio. Junto a esa euforia conviven la incomodidad y la duda —el frío que quema, la ansiedad en mar abierto, la discusión honesta sobre si el neopreno anestesia la experiencia— y una atención constante a lo que el mar deja en la orilla: una marsopa muerta, conchas diminutas, el cargamento saqueado de un buque encallado.
Escrito con humor seco, erudición ligera y un oído afinado para el detalle, el libro combina la crónica de viaje, la historia natural y la memoria personal. Su forma es la del diario estacional; su tema, la relación entre un país y sus aguas, y entre una persona y todo aquello que solo se ve cuando uno se moja.
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