Crónica de un viaje de quince días a Corea del Norte en el verano de 2004, cuando un grupo heterogéneo de extranjeros —periodistas, curiosos y militantes convencidos— recorre el país acompañado en todo momento por guías oficiales.
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Crónica de un viaje de quince días a Corea del Norte en el verano de 2004, cuando un grupo heterogéneo de extranjeros —periodistas, curiosos y militantes convencidos— recorre el país acompañado en todo momento por guías oficiales. Entre Panmunjom, la Zona Desmilitarizada y las calles silenciosas de Pyongyang, el relato observa el guion que se ofrece a los visitantes y las grietas que se abren en él, hasta desembocar en un incidente que ninguno de los viajeros había previsto.
El libro arranca en el punto más tenso de la península: el Área de Seguridad Conjunta de Panmunjom, donde una raya de piedra de tres dedos de alto separa a dos países que siguen técnicamente en guerra. Allí, un grupo de una veintena de extranjeros formado en tres filas escucha las consignas de su jefe de comitiva, toca la pared de un edificio para comprobar que no es un decorado y grita consignas frente a autobuses de turistas del Sur que los miran con perplejidad. Es la primera lección del viaje: todo lo que se ve está también puesto para ser visto.
A partir de ahí, la narración alterna dos movimientos. Uno es el del presente inmediato: el itinerario tutelado, las habitaciones del hotel a las afueras de Pyongyang, los himnos que despiertan al alba desde los altavoces del barrio, la televisión que repite la misma programación a la misma hora, los apagones, las calles sin coches, los guías del comité oficial —cada uno con su idioma— que acompañan, traducen y delimitan. El otro es el del tiempo largo: la leyenda fundacional de Tangun, las invasiones sucesivas, los treinta y cinco años de ocupación japonesa, la independencia de agosto de 1945 que llegó el mismo día que el corte del país en dos mitades decidido a miles de kilómetros, la guerra civil de tres millones de muertos y el armisticio —nunca la paz— firmado en 1953.
Ese segundo hilo permite entender el primero. La crónica reconstruye con detalle los episodios que han ido endureciendo la frontera: las escaramuzas de los años sesenta, el incidente del árbol talado en 1976, el tiroteo desatado por una deserción, las vallas que crecieron hasta cinco metros y las patrullas que hoy vigilan también hacia dentro. Y recuerda el breve deshielo posterior a la cumbre intercoreana del año 2000: las reuniones de familias separadas resueltas por sorteo y contadas por horas, los proyectos de carretera y ferrocarril, el desfile conjunto en unos Juegos Olímpicos, y las razones por las que aquel acercamiento se frenó.
El retrato del grupo es una parte esencial del libro. Delegados y simpatizantes de una asociación de amistad, un fotógrafo que vive a setenta kilómetros y a un mundo de distancia, un médico, un traductor, estudiantes, un pastor, realizadores de documental: personas que llegan con ropa escogida la noche anterior para parecer adecuadas a las circunstancias y que reaccionan de maneras muy distintas ante lo que se les muestra. Frente a ellos, los cuadros del comité anfitrión, los discursos que se repiten casi palabra por palabra y la certeza, apuntada por el narrador, de que es imposible saber qué piensa realmente alguien mientras escucha uno de ellos.
El relato adelanta pronto su desenlace sin desactivarlo: uno de los viajeros graba a pocos metros de la línea de demarcación, sus cintas serán confiscadas, se le obligará a firmar una declaración de traición y acabará protagonizando un incidente internacional. Pero el libro insiste en que esa no es solo su historia. Es la de una península partida, la de un país cerrado por dentro y la de un puñado de visitantes que durante quince días quisieron, intentaron e incluso creyeron ver algo de un territorio en cuarentena perpetua. Escrito con un pulso de reportaje y una atención constante al detalle —la mesa de negociación partida por la mitad, los sacos de arroz marcados con un sello extranjero, la piscina desconchada en un patio sin puertas—, el resultado es una obra sobre la distancia entre lo que se enseña y lo que se comprende.
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