Diario de un maestro peruano que, entre abril y mayo, anota lo que ocurre dentro y fuera del aula: la pregunta por si el amor pedagógico puede enseñarse, los conflictos con alumnos y colegas, la crianza de sus propios hijos y las lecturas…
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Diario de un maestro peruano que, entre abril y mayo, anota lo que ocurre dentro y fuera del aula: la pregunta por si el amor pedagógico puede enseñarse, los conflictos con alumnos y colegas, la crianza de sus propios hijos y las lecturas —Mill, Freud, Rousseau, Durkheim, Locke— que le sirven para pensar en voz alta. Precedido por un prólogo de Luis Jaime Cisneros, el libro es menos un tratado que el registro honesto de una vocación puesta a prueba todos los días.
Hay libros sobre educación que explican métodos y libros que confiesan dudas. Este pertenece decididamente al segundo grupo. Escrito en forma de diario y ordenado por fechas —abril, mayo—, recoge las anotaciones de un maestro y director de escuela que decide poner por escrito, sin coartada teórica, lo que le va sucediendo mientras enseña.
El punto de partida es una pregunta incómoda que le llega desde afuera: una facultad de educación le pide un artículo sobre la formación docente y él descubre que no puede escribirlo. No encuentra el curso, el programa ni la separata capaces de transmitir aquello que, según intuye, decide realmente el destino de una clase. Porque si educar consiste en alcanzar la interioridad de otro ser humano, lo único disponible para lograrlo es el cuerpo: el tono de la voz, el ritmo de los pasos, un gesto para pedir silencio, el músculo de la cara que delata el tedio o la impaciencia. Los niños, sostiene, leen esa gramática involuntaria antes que cualquier explicación. De ahí su tesis más áspera: los maestros fracasan cuando no quieren a sus alumnos, y ese desamor no se puede disimular.
A partir de esa hipótesis, el diario avanza por episodios breves y muy concretos. Un profesor que convierte el aula en cementerio a fuerza de silencio; otro que parece odiar a los muchachos y caza faltas para sancionar; un alumno que roba un celular y argumenta que todos roban; otro que asiste a clase sin deseo alguno y frente al cual el autor reconoce su propia irritación y su impotencia. Hay también un viaje escolar a Cajamarca que deriva en una escena de deseo y represión instantánea, y que abre la pregunta —casi nunca formulada en los currículos— sobre cómo se forma la sexualidad del maestro y qué prohibición sostiene el vínculo pedagógico.
El cuaderno se ensancha con asuntos que exceden la escuela sin dejar de tocarla: el lugar de la religión en la educación laica y la distinción entre creencia como cultura y como culto; la escuela pública entendida no como el colegio de los pobres sino como el espacio donde los distintos sectores aprenden a convivir; la adolescencia leída como fenómeno de dos, algo que les ocurre al hijo y al padre a la vez; la crueldad infantil y su apetito de humillación pública; la pereza, el castigo, la obediencia y la vieja disputa entre obligar y despertar el deseo. En paralelo corre una línea íntima: la mirada del autor sobre sus hijos pequeños, sobre el reino diurno del padre y su destronamiento nocturno, sobre la pregunta de qué queda cuando ya no hay quien consuele.
Las citas son abundantes —Mill, Russell, Kant, Rousseau, Durkheim, Freud, Reich, Locke, Dewey, Foucault— pero nunca funcionan como autoridad que cierre el asunto; son interlocutores a los que se contradice tanto como se les da la razón. El resultado es un texto que se lee con la velocidad de las anécdotas y la lentitud de las preguntas: un testimonio de oficio donde la certeza escasea, la ternura no es blanda y la única virtud que el autor se atreve a nombrar sin dudar es la serenidad.