«Mi destino es ser vagabunda. No tengo una tierra natal.» Con esa frase se abre el libro con el que Hayashi Fumiko conquistó al Japón de 1930. Escrito de noche, tras jornadas agotadoras en fábricas, tiendas y cafés, reúne los años de…
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«Mi destino es ser vagabunda. No tengo una tierra natal.» Con esa frase se abre el libro con el que Hayashi Fumiko conquistó al Japón de 1930. Escrito de noche, tras jornadas agotadoras en fábricas, tiendas y cafés, reúne los años de juventud de una muchacha pobre que cambia sin descanso de trabajo, de cuarto alquilado y de hombre. Frases cortas, versos intercalados y un humor tenaz sostienen un relato de hambre y voluntad que vendió cientos de miles de ejemplares.
Hayashi Fumiko (1903-1951) nació de una pareja de comerciantes ambulantes del norte de Kiushu y creció sin casa fija, recorriendo pueblos mineros y vendiendo comida y baratijas desde los diez años. De esa intemperie nace este libro: un extracto del diario que llevó entre los dieciocho y los veintitrés años, cuando siguió a un novio a Tokio, lo perdió y decidió quedarse sola en la capital.
Las páginas no siguen un hilo temporal riguroso. Avanzan por sacudidas: el turno en la fábrica, el mostrador de la tienda, la bandeja en el café para hombres, el casero que reclama el alquiler, el arroz que no alcanza, la mudanza a otro cuarto. Alrededor desfilan los hombres —un actor casado y veinte años mayor, un poeta dadaísta irascible, el vecino que presta dinero esperando algo a cambio— y también los compañeros de fonda de la infancia: un minero loco, un vendedor de licor de víbora, una prostituta a la que le falta un pulgar. La autora los mira sin piedad y sin lástima, con un ojo que encuentra la comicidad justo donde debería haber sordidez.
El estilo es la clave. Frases breves, onomatopeyas, lengua hablada, y de pronto un poema propio, una canción de infancia o unos versos de Takuboku que quiebran el ritmo y cambian el modo de leer. Fumiko dijo haberse inspirado en Hambre, de Knut Hamsun; leía a Chéjov, Tolstói y Stirner, vendía sus libros para comer y volvía a comprarlos apenas tenía unas monedas. El resultado no es una novela del yo ni una crónica de denuncia, sino algo más difícil de clasificar: un canto de supervivencia escrito por alguien que se niega a lamentarse.
Publicado por entregas entre 1928 y 1930 en una revista literaria femenina, el diario se convirtió en libro ese mismo año y superó los seiscientos mil ejemplares; después llegaron el teatro, con más de dos mil representaciones, y el cine. Esta edición traduce la primera versión, la de 1930, más cruda y más cercana al cuaderno original que la definitiva de 1939, e incorpora el prefacio que la autora escribió una década más tarde, cuando ya vivía sin hambre y se preguntaba, con cierta incomodidad, por qué todos seguían prefiriendo a la muchacha que había sido.
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