Un narrador anónimo, diagnosticado de trastorno bipolar y sostenido a base de Prozac, litio y whisky, abre un diario sin filtros ni buena ortografía.
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Un narrador anónimo, diagnosticado de trastorno bipolar y sostenido a base de Prozac, litio y whisky, abre un diario sin filtros ni buena ortografía. Desde un apartamento mínimo que comparte con cucarachas, repasa análisis de sangre a las siete de la mañana, salas de espera psiquiátricas, exnovias infieles, prostitutas, vecinas y ligues de resaca. Su voz es soez, sarcástica y despiadada consigo misma: cada anécdota sexual esconde una soledad que no piensa nombrar en voz alta.
«Diario de un suicida», de Juan L. Mira, se presenta como el cuaderno de un hombre que se niega a presentarse. No da su nombre, no escribe correctamente porque no le apetece y avisa desde la primera página de que podría estar mintiendo. Lo único que declara es un diagnóstico: bipolar. A partir de ahí, el lector queda convertido en cómplice y en blanco de sus insultos, invitado a cotillear una vida que el narrador supone más interesante que la propia.
El libro avanza por capítulos breves, casi entradas sueltas, con títulos que anticipan su tono: «Pásame esas patatas», «Prozac, litio y whisky», «Yo también intenté invadir Polonia… y me dieron por culo». En ellos se suceden los cinco tubos de sangre de un análisis matinal, la sala de espera del psiquiatra público donde se sirve whisky de petaca en vaso de plástico, el episodio de otro paciente que solo pide sus pastillas y termina sedado tras un biombo de tela, la vecina polaca que persigue gatos por el barrio y resulta tener novio, las dos exnovias catalogadas como #1 y #2, la noche de setenta euros en un hostal de mala muerte, el ligue de madrugada del que apenas recuerda nada salvo la mancha que dejó en la pared y decidió firmar.
La apuesta formal es la voz. Abreviaturas de mensaje de móvil, tacos encadenados, digresiones que se interrumpen para ir a mear, ironía marcada por si el lector no la pilla. Bajo la provocación late un registro más incómodo: los meses de depresión que no ceden aunque haga sol, la euforia en la que nada ni nadie importa, la desidia que sostiene relaciones muertas por pura pereza, la certeza de ser un imán para el desastre. El narrador se mira en los demás pacientes como en un espejo y se niega la lamentación con el mismo gesto con que la reconoce.
El índice promete un descenso: promiscuidad, chats, espirales, subsuelos, un Tártaro. Lo que empieza como bravata sexual se va estrechando hacia el título que da nombre al conjunto. Una lectura para adultos, cruda y sin concesiones, que usa la carcajada como analgésico.
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