Dietario de un veinteañero valenciano que, en pleno 2007, reparte su vida entre un empleo comercial en una constructora que empieza a hacer aguas y la decisión de preparar las oposiciones a profesor de secundaria de inglés.
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Dietario de un veinteañero valenciano que, en pleno 2007, reparte su vida entre un empleo comercial en una constructora que empieza a hacer aguas y la decisión de preparar las oposiciones a profesor de secundaria de inglés. Entre temarios, tertulias de terraza, viajes y desengaños, el narrador va anotando —con humor ácido y arrebatos de rabia— cómo se resquebraja el suelo bajo los pies de toda una generación.
Todo empieza con una carta de una academia de oposiciones y un café con leche a primera hora de septiembre. El narrador, un veinteañero que trabaja como administrativo y comercial en una pequeña constructora del interior valenciano, sabe que lo que hace no tiene futuro: vende chalets a cuarenta kilómetros del mar a compradores extranjeros, acompaña concejales a comidas pagadas con la Visa de la empresa y empieza a atender llamadas de proveedores a los que hace meses que no se paga. La salida que se dibuja tiene forma de mesa nueva en la habitación y setenta temas por memorizar: aprobar unas oposiciones a profesor de secundaria de inglés y cambiar el ladrillo por un aula.
Escrito en forma de diario, el libro avanza mes a mes con el ritmo desordenado de la vida real. Una semana de todo incluido en Punta Cana —el paraíso de pulserita y bufé libre, y la incomodidad de saber lo que hay al otro lado de la valla del complejo— convive con las fiestas de Moros y Cristianos arruinadas por la lluvia, la compra de un BMW de segunda mano en la barra de un bar, un viaje improvisado a Madrid y las lecturas que el protagonista devora antes de que el temario se lo lleve todo por delante: Norman Mailer, la correspondencia entre Henry Miller y Anaïs Nin. El estudio, siempre, se pospone una semana más.
Lo que da espesor al dietario es el fuera de campo. El jefe que sueña con salir a bolsa, entrar en el Ibex y exportar el negocio a países con menos leyes; los créditos concedidos a tutiplén; las recalificaciones de terreno agrícola; un castillo neogótico que sus dueños dejan caer para poder vender el solar. El narrador participa de la farsa y lo sabe, y esa lucidez incómoda —la de quien cobra de un sistema que da por condenado— es el motor de sus páginas más furiosas.
El resultado es un retrato generacional escrito desde dentro y sin distancia de seguridad: no la crónica de la crisis contada después, sino el diario de alguien que la vio venir mientras preparaba un temario, con la certeza de que aquello iba a reventar y sin saber todavía cuándo le tocaría a él. El humor sostiene el conjunto, pero debajo late una pregunta muy concreta: qué hace uno cuando el trabajo estable ha dejado de existir y la única puerta que queda exige un año entero de encierro y ninguna garantía.
Nota: contiene escenas y lenguaje no recomendables para menores.