Un joven fiscal destinado a un distrito rural del Egipto de la primera mitad del siglo XX anota en un cuaderno privado lo que no puede decir en voz alta.
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Un joven fiscal destinado a un distrito rural del Egipto de la primera mitad del siglo XX anota en un cuaderno privado lo que no puede decir en voz alta. La llamada nocturna por un campesino herido de un disparo en un cañaveral abre una instrucción que avanza a tientas entre testigos que se contradicen, atestados minuciosos donde importa más la descripción de los zaragüelles que el nombre del culpable, y una maquinaria judicial que rara vez alcanza a la justicia. Tawfīq al-Hakīm convierte esa rutina en una novela de humor seco y compasión áspera, donde lo cómico y lo atroz se sostienen mutuamente. Esta edición recupera además el prólogo de Emilio García Gómez, autor de la traducción, un ensayo que vale por sí mismo.
El narrador de este diario es un fiscal de provincias que escribe, según confiesa desde la primera página, porque su vida no es feliz: quien vive dichoso se limita a vivir. Encadenado a la criminalidad como a una esposa a la que ve todos los días y con la que nunca puede hablar en secreto, abre estas páginas —que no piensa publicar— como una ventana por donde airear su libertad en las horas de angustia.
La novela arranca de noche, con una garganta inflamada, tres ratoneras cebadas alrededor de la cama y un aviso telefónico que lo saca de ella: han disparado a un hombre cerca de un puente, la víctima no puede declarar, no se sabe quién fue. Empieza así una expedición de treinta kilómetros en camioneta, almadía y caballo, con el delegado gubernativo repartiendo insultos, un secretario de instrucción que nunca está listo, y el sayj ‘Usfūr, vagabundo cantor de lucidez incierta, que sigue a la comitiva como el perro sigue al cazador. El sumario avanza por caminos oscuros: el guarda jura haber oído dos tiros donde todos oyeron uno, el alcalde jura que el criminal no es de la comarca, los parientes callan para tomarse la justicia por su mano. Y el atestado, pulcramente redactado, engorda con el color del bigote y las cintas de la ropa mientras el herido se desangra.
De ese primer caso se desprende un friso entero de la vida campesina egipcia: sesiones de jueces morosos o galopantes, elecciones amañadas, hospitales, exhumaciones, autopsias, un envenenamiento, disputas domésticas de terraza, una conferencia sobre Einstein ante un auditorio perplejo. El hilo policial se enreda con otro amoroso y con dos figuras que nunca terminan de aclararse: Rīm, de belleza enigmática, y el propio sayj ‘Usfūr. Lo que sostiene el conjunto no es la trama, sino la mirada: un observador que se sabe espectador de fila cero, en penumbra, convencido de que la capacidad de observar es un don que no todos poseen.
Al-Hakīm escribe desde su propia experiencia en la fiscalía rural, pero esquiva el melodrama y el panfleto. La denuncia de la desigualdad entre El Cairo y el campo llega deformada en el espejo de una ironía afilada, donde lo satírico deja un fondo amargo y lo terrorífico se disuelve en sarcasmo, como el ácido y el azúcar en una limonada. Su prosa es moderna, nerviosa, sin excrecencias, con metáforas nuevas y estilizaciones del habla popular que alcanzan, en los lamentos fúnebres, una fuerza comparable a la de las imprecaciones del teatro español.
El volumen se completa con el prólogo que Emilio García Gómez escribió para la primera edición española de 1955: una reflexión sobre la comunicabilidad de las literaturas, un retrato cercano del autor —su bastón célebre, su fama de retraído, su afición a los gatos— y una defensa razonada de por qué este diario es, sencillamente, una obra maestra.
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