Charles Pooter, oficinista de la City, se muda con su esposa Carrie a Los Laureles, una casa modesta de Holloway junto a las vías del tren, y decide llevar un diario porque no entiende por qué la vida de quien no es «alguien» habría de…
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Charles Pooter, oficinista de la City, se muda con su esposa Carrie a Los Laureles, una casa modesta de Holloway junto a las vías del tren, y decide llevar un diario porque no entiende por qué la vida de quien no es «alguien» habría de resultar menos interesante que la de cualquier otro. Lo que anota son las minucias de esa vida: los tenderos que discuten el pedido, un limpiabarros con el que tropiezan todas las visitas, los berros que no brotan, los chistes que él celebra y nadie más, y una invitación al baile de Mansion House que le parece la cumbre de su existencia. La gracia del libro está en la distancia entre la dignidad con que Pooter se narra y la comedia menuda que el lector reconstruye por encima de su hombro.
El narrador es Charles Pooter, contable con veinte años de servicio en la misma empresa londinense, y el escenario es Los Laureles: seis habitaciones, un jardincito delantero, otro trasero que da a las vías y dos libras menos de alquiler a cambio del ruido de los trenes. Pooter abre el cuaderno con una declaración de principios entre humilde y orgullosa —ha leído memorias de gente de la que jamás oyó hablar, y no ve por qué las suyas valdrían menos— y a partir de ahí registra, día por día, una existencia hecha de asuntos diminutos tratados con enorme seriedad.
El reparto es reducido y reaparece con la puntualidad de una rutina: Carrie, su mujer, que lo quiere y lo desinfla a partes iguales; Sarah, la criada, que dice en voz alta lo que él preferiría callar; y los amigos Cummings y Gowing, que entran siempre por la puerta lateral, se quejan del olor a pintura y no se ríen jamás de sus juegos de palabras. Alrededor circulan un lechero que se disculpa con media libra de mantequilla, un carnicero que insulta a gritos para que lo oigan los vecinos, un pintor que convence a Pooter de rehacer la escalera entera, un recadero que rompe la campanilla y un ferretero, Farmerson, que arregla el limpiabarros y perfora la tubería del gas. En la oficina, el joven Pitt le contesta con insolencia y el señor Perkupp, el director, encarna una autoridad ante la que Pooter se deshace en reverencias.
Los episodios se encadenan sin más lógica que la del calendario y sin más consecuencia que la vergüenza doméstica: una excursión a Hampstead en la que lo dejan plantado a la puerta de una taberna, una noche de teatro con entradas caducadas y una corbata perdida bajo las butacas, una fiebre de esmalte rojo que acaba con Pooter dentro de una bañera recién pintada y convencido de estar desangrándose. El tramo final del cuaderno gira en torno al baile de Mansion House: la invitación leída una y otra vez, el traje que el sastre se lleva de vuelta porque nadie tiene un chelín para pagarlo, la ceremonia de vestirse y, ya en el salón, el descubrimiento de que el ferretero del barrio se codea con la aristocracia con más soltura que él.
El mecanismo cómico es siempre el mismo y nunca se agota: Pooter escribe convencido de estar dejando constancia de una vida respetable, y en cada anotación se le escapa exactamente lo que quería ocultar. Presume de frases «perfectas y juiciosas» que en realidad son disculpas por haber sido insultado, subraya sus chistes advirtiendo que «no suele hacer chistes», y confunde el orgullo con la susceptibilidad. La ironía no llega desde fuera: la fabrica el propio diarista al no darse cuenta de nada. De ese desajuste sale un retrato afectuoso y despiadado de la clase media suburbana victoriana —su culto a la casa propia, su terror al ridículo, su jerarquía de tarjetas de visita y puertas principales— que sigue reconociéndose bien más allá de su época, porque el impulso de contarse la propia vida mejor de lo que se vive no ha caducado.
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