Diario de Londres reúne casi treinta textos breves en los que Diego Gómez Pickering registra, a manera de bitácora fechada, su paso por la capital británica como diplomático mexicano.
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Diario de Londres reúne casi treinta textos breves en los que Diego Gómez Pickering registra, a manera de bitácora fechada, su paso por la capital británica como diplomático mexicano. Entre la crónica y el ensayo, el libro recorre calles, oficios, rituales y personajes de una ciudad que se sabe imperial justo cuando empieza a dejar de serlo, y cierra la trilogía iniciada con Los jueves en Nairobi (2010) y La primavera de Damasco (2013).
Hay ciudades que solo se dejan contar de a poco, por acumulación de detalles. Londres es una de ellas, y ese es el método que elige Diario de Londres: no la gran interpretación de un país, sino una sucesión de entradas fechadas —17 de enero, 22 de enero, 29 de febrero, 2 de abril— en las que un diplomático mexicano anota lo que ve desde una posición privilegiada y a la vez lateral, la del extranjero con credencial que entra a los salones pero nunca deja de mirarlos desde afuera.
El libro abre con una letanía de nombres —Caer Troia, Londinium, Lundenwic, the City— para instalar de entrada su tesis: Londres es plural hasta la contradicción. La de los europeístas y la de los euroescépticos, la de la galería Tate y la del mercado de Camden, la de Dickens y la de Zadie Smith, la de los refugiados y la de los hooligans. De ahí en adelante, cada texto elige un ángulo concreto y lo trabaja hasta el fondo. Un mercado de antigüedades instalado los últimos martes de mes en el hipódromo de Kempton Park se vuelve inventario del imperio difunto: alfombras afganas, condecoraciones de las guerras de Crimea, retratos de Victoria y Alberto, vendidos por marchantes ingleses, paquistaníes, nigerianos y jamaiquinos que son, ellos mismos, la prueba viva de aquel alcance. Un memorando tachado y una taza de té con gotas de limón bastan para dibujar a una agente de inteligencia cuya cortesía es su mejor disfraz. Una piedra de cuatrocientos cincuenta mil años que gana un pleito al ayuntamiento de un pueblo de Buckinghamshire abre el catálogo de aquello que solo ocurre en Inglaterra: la conversación obligada sobre el clima, los cabbies, la ceremonia de las tres de la tarde, el humor negro y elegante.
El retrato de Isabel II ocupa el centro del volumen y es, quizá, su pieza más medida. La monarca aparece en la abadía de Westminster entre veteranos y estandartes, en la carroza dorada rumbo al palacio de Westminster, pero también en lo doméstico: las gaitas escocesas a las diez de la mañana, el tono de llamada grabado por sus nietos, las carreras de caballos, el yate Britannia ya atracado. Alrededor de ella se mueve una burocracia de secretarios privados, damas de compañía y títulos arcaicos que sobrevive gracias a su cuidado, y sobre todo el conjunto pende una pregunta que el autor formula sin resolverla: ¿y después de ella, qué?
Esa misma pregunta —qué queda cuando se acaba una época— atraviesa el libro entero. Está en la cita de Boris Johnson sobre el imperio más grande que el mundo haya visto, publicada semanas antes del referendo; está en el establishment obnubilado por el siglo diecinueve; está en el pulso de una nación que discute su lugar en Europa mientras conserva intactas sus liturgias. El autor no dictamina: observa, contrasta, deja que los objetos y las voces hablen.
El último capítulo mira hacia dentro. La residencia oficial en el número 48 de Belgrave Square, con su bandera tricolor, sus chimeneas, el mole preparado en ollas de barro junto a las carnes de caza, la talavera poblana al lado de la porcelana de Wedgwood y un Bentley con placas MX olvidado en el garaje trasero, funciona como metáfora de todo el volumen: una isla mexicana dentro de la isla británica, donde dos siglos de nombres compartidos se confunden en los pasillos. Enrique Krauze, en el prólogo, inscribe estas páginas en la tradición del diplomático escritor —la de Alfonso Reyes, Torres Bodet, José Luis Martínez, Octavio Paz— y sugiere que podrían ser su canto del cisne. Un canto, escribe, británico y mexicano a la vez.
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