Una mañana de invierno en Madrid, un hombre de cuarenta años recién cumplidos echa al bolsillo una carta que ha dudado en destruir, baja a desayunar como cada día y muere partido en dos por un cable de acero cuando la fachada del centro…
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Una mañana de invierno en Madrid, un hombre de cuarenta años recién cumplidos echa al bolsillo una carta que ha dudado en destruir, baja a desayunar como cada día y muere partido en dos por un cable de acero cuando la fachada del centro comercial «Visión de Madrid» se desploma sobre la acera. La víctima resulta ser el arquitecto que diseñó el edificio. Con esa coincidencia imposible arranca «Detrás de cada hombre», la novela de intriga criminal de Óscar Vara.
Todo empieza con un gesto mínimo: un hombre termina de leer una carta, la guarda en el sobre y la sostiene unos segundos entre dos dedos, calculando el daño que quiere causar con ella. Decide no destruirla. Se pone la chaqueta, deja el ordenador encendido y sale a cumplir su rutina madrileña de siempre —el quiosco, los tres periódicos, el café con leche en la cafetería del centro comercial—, sin sospechar que ese día su vida y su obra van a coincidir de la peor manera posible. Bajo el pórtico futurista que él mismo concibió, con forma de ojo semienterrado en el suelo, un latigazo de acero cruza el aire y lo parte por la mitad un instante antes de que siete plantas de cristal y hormigón se vengan abajo.
Al otro lado del cordón policial aparece Gabriel Cicero, inspector de la brigada de investigación criminal con menos de un año de servicio, destinado a una comisaría del distrito norte que considera indigna de sus expectativas y convertido, de hecho, en la herramienta multiusos de los veteranos. Le han estropeado su primer día libre en dos semanas para enviarlo a lo que por teléfono llamaron «un accidente». Lo que encuentra es un edificio con las entrañas al aire, un comisario llamado Basterra que responde con acertijos y una grabación de seguridad que, vista a cámara lenta, deja de parecer una desgracia y empieza a parecer otra cosa.
La identificación del cadáver da el vuelco definitivo: el muerto es Juan Lastra, el arquitecto que diseñó de arriba abajo el edificio que lo ha matado, la pieza que sirvió a su estudio para dar el salto internacional. En las oficinas de Aphesis, donde un gabinete de crisis lleva reunido desde el derrumbe, el socio Miguel Velarde recibe la noticia con una frialdad que a Cicero le resulta más elocuente que cualquier confesión, y no tarda en insinuar que si el edificio no se cayó, sino que lo tiraron, la responsabilidad ante las aseguradoras cambia de manos. A partir de ahí, cada respuesta multiplica las preguntas: un divorcio reciente, una casa comprada frente a la obra, concursos internacionales, expansión hacia Asia, y la sospecha incómoda de que puede haber padrinos políticos detrás de la arquitectura monumental.
Óscar Vara construye una investigación de ritmo contenido y mirada fría, más atenta al roce entre personas que al golpe de efecto. La novela alterna el trabajo minucioso de la policía científica —Fraguas y Martínez moviéndose como bailarines alrededor de unos restos imposibles de reconocer— con la política interna del cuerpo, las presiones que bajan desde la Dirección General y la vida privada que se cuela entre turno y turno: un matrimonio que solo coincide a ratos, una redada pendiente, una ciudad de urbanizaciones ajardinadas y fachadas de cristal oscuro donde la abundancia parece haber desquiciado algo. Y por debajo de todo, la pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta: si alguien puede convertir un edificio entero en el arma de un crimen, ¿cómo demostrarlo?
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