Elizabeth prefiere los libros y la lluvia a casi todo lo demás, pero el mejor amigo de su hermano se ha instalado en su sala, en su instituto y en su paciencia.
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Elizabeth prefiere los libros y la lluvia a casi todo lo demás, pero el mejor amigo de su hermano se ha instalado en su sala, en su instituto y en su paciencia. Christopher es el chico impecable que todos admiran y que ella detesta con precisión quirúrgica: demasiado perfecto, demasiado vacío, demasiado cerca. Entre pizzas de viernes, sábados en la pista de atletismo y una guerra de bromas que empieza a costar más de lo que divierte, la distancia entre ambos se vuelve peligrosamente estrecha.
Elizabeth tiene diecisiete años, un padre director de orquesta al que casi nunca ve, un hermano ruidoso al que quiere sin admitirlo del todo y una idea muy clara de cómo debería transcurrir un buen día: pijama, lluvia contra la ventana y un libro que nadie interrumpa. La interrupción, sin embargo, tiene nombre propio. Christopher —el mejor amigo de Ian, el niño prodigio del instituto y del barrio, el chico con el que todo el mundo se lleva bien— aparece una tarde en su sofá como si el lugar le perteneciera, y esa aparición marca el tono de todo lo que viene después.
Entre ellos existe algo más viejo que la antipatía adolescente: se conocen desde niños y Elizabeth lleva años observándolo con una desconfianza que no logra explicarle a nadie. Ve lo que otros no ven. Ve que su amabilidad es cálculo, que sus buenas acciones responden a una obligación aprendida, que detrás de la sonrisa impecable hay una soledad que él no parece interesado en corregir. Cuando una relación suya termina en escándalo, Christopher no llora, no maldice, no reacciona en absoluto, y esa ausencia de reacción confirma para ella todas las sospechas. La respuesta de Elizabeth es la ironía: insultos afilados, sarcasmo sostenido y una guerra doméstica de rodajas de tomate y amenazas de veneno para ratas que ambos parecen disfrutar más de lo que reconocen.
La novela avanza en escenas de cotidianidad reconocible —sábados en la pista de atletismo, un suéter prestado que sobra por todos lados, apuestas por una lata de refresco, el aparcamiento sombrío donde todo se decide— hasta que una broma cruel de Elizabeth cambia el registro. Lo que era esgrima verbal se convierte en un cuerpo contra una pared de hormigón, en una mano que no lastima pero tampoco deja avanzar, en un silencio donde ninguno de los dos sabe exactamente qué está ocurriendo. Elizabeth descubre que la ferocidad que ve en esos ojos negros ya no es la de siempre, y que su propia obstinación —esa que le impide ceder, pedir, admitir— empieza a jugar en su contra.
Narrada en primera persona con una voz mordaz, digresiva y profundamente autoconsciente, la historia sostiene la tensión entre dos personajes que se conocen demasiado bien como para engañarse y demasiado poco como para entenderse. Es un relato sobre la fascinación incómoda, sobre lo que se esconde tras una fachada perfecta y sobre lo difícil que resulta desmontar a alguien sin quedar desmontada en el intento.
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