Un niño de cuatro años, abandonado en la Tierra del año 2004, es recogido por dos viajeros llegados de otra galaxia: un Jedi que percibe en él una Fuerza extraordinaria y un científico que acaba de atravesar el primer agujero de gusano…
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Un niño de cuatro años, abandonado en la Tierra del año 2004, es recogido por dos viajeros llegados de otra galaxia: un Jedi que percibe en él una Fuerza extraordinaria y un científico que acaba de atravesar el primer agujero de gusano entre galaxias. Trece años antes de que empiece la guerra que decidirá el destino de su planeta, Shinji Ikari cambia la soledad por el Templo Jedi. Pronto se le une una niña alemana igual de rota y mucho más orgullosa.
La historia arranca con una imagen mínima y cruel: un niño de cuatro años, una maleta, un padre que se marcha y no vuelve. Lo que sigue no es el destino previsible de ese abandono, sino una interrupción. En el cielo se abre una esfera deformada, llena de puntos y colores que parecen galaxias mal dibujadas, y de ella sale una nave. Bajan dos hombres —Vin, un científico pelirrojo eufórico por haber comprobado su propia teoría, y Torn, un Jedi rubio de gestos pausados— acompañados de un droide astromecánico. Ninguno entiende el idioma del niño; ninguno sabe todavía dónde ha aterrizado.
La curiosidad de Vin se convierte en alarma cuando conecta su equipo a la red eléctrica del planeta y lee lo que los humanos guardan en sus archivos más protegidos: un continente helado, una criatura llamada Adán, un cataclismo que borró las estaciones y derritió los hielos, unos manuscritos que fijan fecha para la llegada de más seres como aquel. Torn, por su parte, apoya una mano en la cabeza del niño y ve algo peor: un futuro que no logra enfocar del todo, pero que basta para decidirle. La propuesta que le hace a Shinji Ikari es a la vez una salida y una carga: ven conmigo, aprende a mover una piedra sin tocarla, conviértete en mi Padawan, y algún día vuelve a hacer lo que aquí te tocaría hacer solo y desarmado.
El viaje a Coruscant funciona como la primera lección de escala. El niño ve el espacio por la ventanilla, el salto a velocidad luz, un planeta entero convertido en ciudad, y por fin el zigurat del Templo Jedi con sus cinco torres. Ante el Consejo, Vin —un civil aterrado de estar allí— expone con imágenes lo que ha averiguado: los Ángeles y su parentesco genético con los humanos, los EVAs mecánico-biológicos aún sin terminar, el Primer y el Segundo Impacto, la Lanza de Longinus, y el plan de una organización que pretende convertirse en dios a costa de todos los demás. También expone la parte más incómoda: que los pilotos elegidos deben ser mentes frágiles, fáciles de dirigir, y que el abandono de Shinji no fue negligencia sino método. Yoda, Windu y Ki-Adi-Mundi escuchan, sopesan y conceden el permiso, con una advertencia sobre la segunda niña.
Esa niña es Asuka Langley Soryu, encontrada caminando por un bosque alemán con la mirada perdida. Su escena es el reverso de la de Shinji: no llora al principio, desconfía, se planta. Solo cede cuando le nombran a su madre, y lo que le cuentan derrumba la versión con la que llevaba viviendo. Su primer impulso es la venganza, y la respuesta que recibe —que ese camino conduce a un lugar del que no se vuelve— es lo más parecido a una tesis que ofrece el relato: la promesa de proteger vale más que la de cobrar cuentas. Asuka acepta, y pide ser Jedi.
Mientras tanto, bajo la ciudad que sustituirá a la que sustituyó a Tokio, un comandante impasible recibe dos noticias que no encajan en sus cálculos: una energía anómala que aparece y desaparece cuatro veces en tres días, y la desaparición simultánea de su hijo y de la Segunda Elegida. No ordena una explicación; ordena una búsqueda. A su lado, un anciano carga con una disculpa que nunca dirá en voz alta.
El prólogo y el primer capítulo cierran con los dos niños frente a frente en el Templo, reconociéndose sin necesidad de explicarse, y con la broma de un maestro que empareja caracteres antes de emparejar aprendices. Lo que queda planteado es una cuenta atrás de trece años y una apuesta: que el arma que la Tierra necesitaba no era un piloto obediente, sino dos personas entrenadas para elegir.
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