A bordo del Argonos, una nave generacional que lleva más de catorce años sin pisar tierra firme, la detección de una señal procedente de un planeta desconocido reactiva viejas ambiciones.
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A bordo del Argonos, una nave generacional que lleva más de catorce años sin pisar tierra firme, la detección de una señal procedente de un planeta desconocido reactiva viejas ambiciones. Bartolomeo Aguilera, asesor del capitán y hombre de cuerpo deforme y mente afilada, observa cómo el obispo Solano maniobra para arrebatar el mando aprovechando la promesa de un aterrizaje. Una novela de ciencia ficción sobre poder, fe y la lenta descomposición de una comunidad encerrada en metal.
El Argonos es una nave enorme, antigua y en decadencia, tan vieja que nadie recuerda dónde fue construida ni cuál era su misión original. Sus habitantes nacen, viven y mueren en ella, y su cuerpo termina lanzado al vacío. Durante más de catorce años la nave ha saltado de estrella en estrella sin encontrar un solo mundo habitable, y ese fracaso acumulado ha erosionado la autoridad del capitán Nikos Costa hasta dejarla al borde del derrumbe.
La historia la cuenta Bartolomeo Aguilera, consejero oficioso del capitán: un hombre nacido con brazos vestigiales, sin varias vértebras y con un pie zopo, que ha elegido no disimular su cuerpo sino exhibirlo, sustituyendo las prótesis de aspecto humano por metal, plástico y vidrio, y añadiendo un exoesqueleto que lleva sobre la ropa. Bartolomeo es temido más que apreciado, y esa incomodidad que provoca en los demás es también su herramienta de trabajo. Se mueve por igual entre el salón de mando y los niveles inferiores, donde el aire huele a especias y a mantenimiento postergado, y donde cultiva informantes como Par, un enano lúcido y calculador que trafica con café clandestino y con información.
La detección de una transmisión monótona y sin contenido, procedente del cuarto planeta de un sistema cercano, altera de golpe el equilibrio de la nave. Nadie cree del todo que haya supervivientes; casi todos entienden que lo que está en juego no es el planeta, sino quién se atribuirá el éxito o el fracaso del aterrizaje. El obispo Solano, un gigante de sotana negra y voz de barítono, se adelanta: obtiene la información antes que el Consejo Ejecutivo, bautiza el mundo como Antioquía en un sermón de día santo y se apropia de la designación del equipo de exploración ante un capitán paralizado. Bartolomeo, además, lo ha visto trabajar en secreto en las cámaras abandonadas del corazón de la nave, ensamblando maquinaria muerta cuyo propósito no logra descifrar.
El relato construye su tensión menos en la exploración del planeta que en la política de un espacio cerrado: una jerarquía dividida entre el Primer Estribo de los niveles superiores y los inferiores, un Consejo poblado por adictos, burócratas y figuras decorativas, una capitanía casi hereditaria sin heredero, y una Iglesia que sostiene que la nave siempre existió y que su misión es evangelizar la galaxia. Frente a ese entramado, el narrador debe decidir a quién sirve, cuánta información revela y qué precio está dispuesto a pagar por la caída —o la supervivencia— del hombre al que ha aconsejado toda su vida.
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