Un ingeniero joven interrumpe sus vacaciones para acudir en auxilio de una muchacha que le ha escrito pidiendo ayuda desde Maggawin, un pueblo hundido en la niebla donde una casa de piedra arrastra fama de maldita desde 1899.
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Un ingeniero joven interrumpe sus vacaciones para acudir en auxilio de una muchacha que le ha escrito pidiendo ayuda desde Maggawin, un pueblo hundido en la niebla donde una casa de piedra arrastra fama de maldita desde 1899. Lo que encuentra allí es una familia recelosa, un secreto que asoma en el delirio de un enfermo y unas charcas infestadas de ratas que empiezan a devolver cadáveres. Novela breve de terror con estructura de intriga criminal, construida sobre un ambiente opresivo y una amenaza que nunca se decide del todo entre lo animal y lo maligno.
Todo empieza con un atardecer de finales de agosto de 1899. Una pareja muy joven, recién instalada en una casa de piedra a las afueras de Maggawin, deja un instante sola la cuna de su primer hijo. Bastan unos minutos: por la puerta entreabierta entra una marea de ratas escapadas de las cloacas del pueblo. Desde esa noche, la casa queda marcada para siempre en la memoria de los vecinos.
Setenta y cinco años después, Frank Milde, ingeniero de veintiséis años que se ha ganado unas vacaciones largas, conduce sin rumbo fijo hasta la orilla de un lago de montaña. Allí conoce por casualidad a Carol Powers, una chica de diecisiete años de una franqueza desarmante, y a su tío Cecil, el hermano jorobado, pobre y despreciado de una familia de cuatro varones. Un accidente de coche a pocos metros de ellos cambia el rumbo de todo: Cecil sobrevive de milagro y, en el hospital, delira ante sus tres hermanos unas palabras que los deja lívidos. Habla de veinte millones de dólares y de algo que ocurrió muy cerca.
El detalle no es gratuito. Un año atrás, el botín de un atraco a un banco de Miami se esfumó precisamente en Maggawin, después de que la policía acorralara y abatiera a los asaltantes. A partir de ese balbuceo, los tres hermanos que nunca quisieron a Cecil deciden, de pronto y de común acuerdo, mudarse todos a la casa de piedra para acompañarlo en su convalecencia. Carol va con ellos, aunque su padre le tenía terminantemente prohibido pisar el pueblo, y aunque nadie le explica por qué la prohibición ha dejado de valer.
Asustada, la muchacha deja una carta para Frank en el hospital: cree que no saldrá viva de esa casa y no tiene a quién recurrir. Él se dice que las vacaciones han terminado, que aquello no le incumbe, y aun así conduce doscientos kilómetros hacia el sur. Maggawin lo recibe con una niebla que se cala hasta los huesos, una posadera dispuesta a hablar a cambio de un billete, la silueta de un manicomio cercano y el olor de las charcas donde las ratas siguen correteando entre los cañaverales.
En la casa de piedra lo esperan cuatro hermanos que jamás miran de frente al hablar, un mayordomo deforme que pasó más de treinta años encerrado por loco y del que ahora se dice que está curado, una biblioteca mal iluminada y una rubia espectacular que sigue a la familia sin que quede claro de parte de quién juega. También lo espera la primera muerte: el padre de Carol, desaparecido desde hace días, aparece en el fondo de una charca con el cuerpo roído. Los hermanos se apresuran a proponer explicaciones razonables; Frank hace cuentas y no le salen. Para dejar un cadáver así harían falta miles de ratas, y esa cifra, en Maggawin, pertenece a la leyenda de 1899.
De ahí en adelante la novela avanza sobre una sospecha doble. Si el dinero del atraco está escondido cerca, cualquiera de los que duermen bajo ese techo tiene motivos para matar. Y si la vieja maldición de la casa de piedra es algo más que una historia de posada, entonces el peligro no depende de los motivos de nadie. Frank Milde tendrá que decidir cuál de las dos amenazas está cobrando piezas —y protegerse de la otra mientras lo averigua—, con una muchacha de diecisiete años como única razón para quedarse.
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