En un balneario de provincias, un investigador llega para estudiar el pasado de un castro romano y termina atrapado por un presente que no lo deja trabajar: junto a los muros desenterrados aparece una fosa común con decenas de esqueletos,…
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En un balneario de provincias, un investigador llega para estudiar el pasado de un castro romano y termina atrapado por un presente que no lo deja trabajar: junto a los muros desenterrados aparece una fosa común con decenas de esqueletos, y con ella la disputa por su significado. Mientras arqueólogos, fiscales, periodistas y antiguos detenidos discuten si los huesos pertenecen a la Antigüedad o a una ejecución de los años cincuenta, la ciudad sigue con su vida menuda: un entierro simbólico y burlesco de un candidato a alcalde, los sueños que una tía cuenta cada mañana en la veranda, el dolor de una úlcera que mide el tiempo mejor que cualquier reloj. La obra avanza por voces y estampas, y hace del subsuelo una metáfora de todo aquello que una comunidad prefiere no nombrar.
Todo empieza con seis monografías locales escritas por un maestro, un abogado, dos monjes, un veterinario y un jefe de estación, rescatadas del trastero de una biblioteca pública entre telarañas, cacas de ratón y olor a papel macerado. El narrador, un hombre de estómago frágil y humor exacto, las lee buscando un dato antiguo que explique lo que ha aparecido en el yacimiento; encuentra, en cambio, seis versiones incompatibles de los mismos hechos, un pacto tácito entre cronistas para contradecirse, y el fantasma de una arqueóloga de los años treinta —pelo corto, botas de caña, perfume de higos— que escandalizó al pueblo mientras sacaba a la luz los primeros muros derrumbados.
El presente es más ruidoso. Bajo el perímetro de la ciudadela ha aparecido una fosa común, y sobre ella se organiza de inmediato un mercado de certezas: los periodistas llegados de la capital y los antiguos presos políticos no admiten otra hipótesis que el fusilamiento sumario; los fiscales militares callan; el forense duda en voz alta y su duda se lee como cobardía; el mayor Maxim, comandante de la policía local, suspende las excavaciones, concede entrevistas sin descanso y se acaricia el bigote ante las cámaras hablando de un crimen que no quedará sin castigo. La obra observa esa maquinaria con una ironía seca, atenta a lo que cada quien gana proclamando su verdad, y deja que un interrogatorio aparentemente inocente sobre reumatismos y golpes antiguos abra una grieta en la biografía del hombre que dirige la investigación.
Alrededor, el balneario respira su verano: una comitiva de bocinas y charanga que arrastra una carroza fúnebre tirada por un Mercedes blanco para enterrar en efigie a un candidato a alcalde; un músico ocasional que, con un bombo y un sombrero calado, busca la delicadeza en medio del estruendo; una farmacéutica que aún guarda un disco rayado bajo la ropa interior; un fotógrafo con un dromedario atado a un poste; y una tía que cada mañana relata sus sueños con un caballero de frac, una limusina de 1932 y un otoño que es la única estación posible. Esas escenas domésticas, contadas con una atención minuciosa a la comida, la lluvia y el dolor, sostienen el libro tanto como la investigación.
El resultado es una novela coral y fragmentaria, construida por yuxtaposición: capítulos en primera persona, escenas vistas desde arriba como por un centinela romano, diálogos tomados al vuelo entre canciones de una máquina de discos, recortes de prensa con nombres y fechas borrados. Su tema no es tanto quién mató a quién como la dificultad de establecer un hecho en un lugar donde la memoria es un oficio disputado: cada capa de tierra —romana, medieval, reciente— guarda muertos que alguien necesita que signifiquen otra cosa. Con humor, crueldad y ternura repartidas en dosis parejas, retrata una comunidad pequeña que descubre que su suelo nunca estuvo vacío.