Crónica biográfica sobre Elena Garro y el episodio que partió en dos su vida pública: los días de octubre de 1968 en que, escondida en un cuarto prestado tras la matanza de Tlatelolco, fue acusada de conspirar contra el gobierno mexicano y…
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Crónica biográfica sobre Elena Garro y el episodio que partió en dos su vida pública: los días de octubre de 1968 en que, escondida en un cuarto prestado tras la matanza de Tlatelolco, fue acusada de conspirar contra el gobierno mexicano y respondió culpando a los intelectuales, un gesto que la convirtió en delatora a los ojos de su generación.
En la mañana del domingo 6 de octubre de 1968, cuatro días después de la represión militar en la Plaza de las Tres Culturas, Elena Garro despierta en un cuartucho del centro de la Ciudad de México y encuentra su nombre en las primeras planas. Un dirigente del Consejo Nacional de Huelga, detenido en el Campo Militar Número Uno, la ha señalado —junto al político Carlos Madrazo— como instigadora del Movimiento Estudiantil. Tiene cincuenta y un años, una novela premiada, cuentos y teatro a sus espaldas, y ni dinero ni casa a la que volver: días antes huyó de su domicilio en las Lomas convencida de que iban a matarla.
El libro reconstruye con detalle casi hora por hora lo que ocurre a partir de ahí. La huida disparatada con el pelo teñido de negro y ropas prestadas, las amenazas telefónicas, la casera que suplica que se marchen, la rueda de prensa improvisada en un comedor ajeno donde Garro, acorralada por reporteros que exigen nombres, pronuncia las frases que la perseguirán el resto de su vida: los intelectuales son los culpables, los que lanzaron a los estudiantes a la calle y ahora se esconden. Al día siguiente los diarios amplifican, deforman y multiplican la acusación; la escritora pasa de señalada a señaladora en veinticuatro horas. Vienen después la detención «por su protección», el despacho del jefe de la policía secreta, los meses de encierro vigilado en un hotel, los sobornos ofrecidos, las alucinaciones y la sospecha de haber sido drogada.
Intercalado con esa cronología del derrumbe, el relato retrocede al origen: un nacimiento casi accidental en Puebla, una infancia en Iguala entre padres ocultistas, bibliotecas de clásicos y una noción del tiempo aprendida de campesinos e indígenas, ese «orden solar» familiar que su obra intentaría recuperar siempre. La distancia entre aquel paraíso y la mujer pálida rodeada de fotógrafos organiza el libro entero.
Alrededor del caso desfilan la maquinaria del partido único, la vigilancia política convertida en arte de gobierno, la prensa que fabrica cifras y listas, la burla de las revistas satíricas que subrayan que quien habla es «ELLA, una mujer», y el desprecio de una comunidad intelectual que la vuelve sinónimo de traición. El resultado es a la vez el retrato de una escritora incómoda y el de un país donde nombrar en voz alta podía costar la obra, el nombre y el lugar propio.
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