Una psicoterapeuta atraviesa una ruptura inesperada y termina sentándose, ella también, en el sofá de un colega. Desde esa doble posición —quien escucha y quien necesita ser escuchada— narra el trabajo cotidiano de la consulta: pacientes…
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Una psicoterapeuta atraviesa una ruptura inesperada y termina sentándose, ella también, en el sofá de un colega. Desde esa doble posición —quien escucha y quien necesita ser escuchada— narra el trabajo cotidiano de la consulta: pacientes que llegan con un dolor concreto y descubren, sesión a sesión, que el cambio siempre exige renunciar a algo.
La narradora es psicóloga clínica en Los Ángeles y su historia arranca en el peor día posible: la noche anterior, el hombre con el que planeaba casarse la ha dejado con un argumento tan banal como demoledor, y a la mañana siguiente debe atender igualmente a sus pacientes, lavándose los restos de rímel en los diez minutos que median entre una sesión y otra.
Esa grieta entre la profesional que escucha y la mujer que sufre organiza todo el libro. Frente a ella se sienta John, un guionista de televisión brillante y arrogante, convencido de que el mundo está poblado de idiotas y de que su terapeuta es poco más que una confidente pagada a la que llama, sin ironía, «mi fulana». Detrás de su desprecio la narradora reconoce, con incomodidad, su propio impulso de estos días: culpar al exterior, refugiarse en la indignación moral, evitar el duelo dándole otro nombre. Hay también una recién casada que se muere de cáncer, amigas que aconsejan mal y con ternura, y un terapeuta llamado Wendell que atiende a un kilómetro y medio de allí, en cuyo despacho ella está a punto de convertirse en paciente sin saberlo todavía.
El relato alterna la crónica de esas consultas con una reflexión llana sobre el oficio: el «problema presentado» que trae a alguien a terapia y rara vez es el problema real; la figura del narrador no fiable que todos encarnamos al contar nuestra vida; los mecanismos de defensa —negación, compartimentación, evitación— que reconocemos antes en los demás que en nosotros; el estigma que aún rodea al sufrimiento emocional, tan distinto de la naturalidad con que hablamos del cuerpo. La tesis que sostiene el conjunto es a la vez sencilla e incómoda: los problemas rara vez son solo circunstanciales, y asumir la responsabilidad del propio malestar es lo único que abre la puerta al cambio. O, como resume la narradora sin adornos, con frecuencia el infierno es uno mismo.
El tono mezcla el humor —diálogos afilados, autoironía sin complacencia— con una honestidad que no busca redimir a nadie de golpe. La consulta aparece como un juego de espejos donde el terapeuta también se ve reflejado, y donde la curación se parece menos a un desenlace que a un proceso lento: cascarones que se agrietan en silencio o con estrépito, despacio y de repente. Un libro sobre lo difícil que resulta ser una persona, escrito por alguien cuya credencial más importante, admite, es su pertenencia a la especie humana.