Un thriller contemporáneo que arranca en el Vaticano, cuando un secretario papal descubre que el hombre al que sirve esconde un plan capaz de sacudir los cimientos de la Iglesia.
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Un thriller contemporáneo que arranca en el Vaticano, cuando un secretario papal descubre que el hombre al que sirve esconde un plan capaz de sacudir los cimientos de la Iglesia. Mientras una reliquia robada cambia de manos y un operativo vigila a dos jóvenes anónimos elegidos por su soledad, la trama alterna Roma, Madrid, Zaragoza y Barcelona en una carrera donde la fe y el cálculo frío avanzan de la mano.
Todo empieza con una salida discreta. Un pontífice joven, el más joven en siglos según se comenta a su alrededor, abandona su despacho por un pasadizo oculto tras una librería y se pierde en la noche romana bajo la lluvia. Lo acompaña Hugo, su secretario, que lleva tiempo registrando ese mismo despacho por encargo de otros y que aún no ha encontrado nada. Esa noche lo encuentra todo de golpe: en un garaje privado del aeropuerto, la conversación teológica que mantienen termina en un intento de asesinato del que Hugo sale con vida solo por un instinto rápido y un pulmón entrenado.
A partir de ahí, la novela se despliega en varios frentes que el lector va cosiendo antes que los propios personajes. En un ático de Madrid, dos hombres de negocios acostumbrados a facturar a la Iglesia presentan al pontífice el resultado de meses de rastreo: dos jóvenes seleccionados no por lo que son, sino por lo que no tienen. María Jesús, veintiún años, criada entre casas de acogida y conventos, sin familia, sin trabajo estable y a punto de perder el único techo que puede pagar. Y un chico que se hace llamar pepe14, veinticuatro años, reparto de publicidad a media jornada en Barcelona, sin estudios acreditados y sin arraigo comprobable. Ambos son perfectos precisamente porque nadie preguntaría por ellos. Se activa un protocolo, se abren informes diarios, y una web de citas se convierte en el hilo con el que se los conduce el uno hacia el otro.
Entretanto, el pontífice regresa a Roma y descubre que la caja que guardaba en su garaje ha desaparecido, y con ella el cuerpo que creía haber dejado atrás. Dentro había una cruz de madera de tamaño natural, sustraída de un museo egipcio, con una atribución que explica por sí sola la magnitud del secreto. Las cámaras exteriores del aeropuerto le devuelven una imagen imposible: alguien con su sotana y su sombrero cargando la reliquia en una furgoneta. La cacería se invierte.
En Zaragoza, mientras un nuevo propietario anuncia con una sonrisa impecable la demolición del edificio donde vive, María Jesús improvisa como siempre ha improvisado: buscando en un bar de barrio a quien le pague la cena. No sabe que una vecina recién llegada, una furgoneta llena de equipo de vigilancia y un hombre encantador con un transmisor en el oído forman parte del mismo dispositivo. Ni que la noche en que decide fiarse de un desconocido está escrita desde hace meses en un despacho al que ella nunca podrá acceder.
Con capítulos breves, diálogo seco y una construcción de piezas paralelas que se van encajando, la obra plantea una intriga de poder eclesiástico donde la vigilancia tecnológica, el dinero privado y la retórica de la fe funcionan como un solo mecanismo. La pregunta que sostiene la lectura no es solo qué se está preparando, sino cuánta gente prescindible hace falta para llevarlo a cabo.
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