Tres relatos en primera persona reunidos bajo una misma intemperie: matrimonios que se apagan sin escándalo, casas donde antes falta el trabajo que la comida, y encuentros casuales que terminan pesando más que los grandes acontecimientos.
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Tres relatos en primera persona reunidos bajo una misma intemperie: matrimonios que se apagan sin escándalo, casas donde antes falta el trabajo que la comida, y encuentros casuales que terminan pesando más que los grandes acontecimientos. Con frases secas, diálogos breves y una atención minuciosa a los objetos —un auto de segunda mano, un televisor que no se vende, una taza de chocolate caliente—, el volumen compone un retrato de la precariedad y de la gente que la sostiene sin nombrarla.
Este conjunto de relatos trabaja siempre sobre el mismo terreno: hombres y mujeres que viven al día, que miden el mes por lo que alcanza a durar el dinero y que descubren, casi con sorpresa, que la estrechez económica no era lo peor que podía pasarles. Lo que los narradores cuentan no son catástrofes sino desplazamientos mínimos —un empleo que llega tarde, una puerta que se cruza, una conversación que se alarga hasta la madrugada—, y sin embargo cada uno de esos movimientos deja el mundo en otro sitio.
En «El fumador», un hombre logra por fin un trabajo estable después de años de cesantía y comprueba que la bonanza, lejos de salvar su matrimonio, lo desarma. Los turnos de noche de su mujer y su propio silencio abren en la casa una distancia que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Una noche de insomnio sale a la carretera con el auto recién comprado y termina en un restaurante de troncos abierto las veinticuatro horas, donde comparte mesa con Aquiles Madrid, un hombre de unos sesenta años que se presenta como escritor itinerante: imprime sus propios libros y los vende de puerta en puerta, de pueblo en pueblo. En dos encuentros separados por un año, Madrid le entrega su vida entera —el exilio, los años entre los indígenas del Amazonas, las historias aprendidas de memoria, un tarro de café lleno de monedas, una familia dejada atrás y nunca recuperada— y también la certeza de que un libro que nadie lee es un cadáver. El relato guarda para el final una pregunta que lo reordena todo: cuánto de lo escuchado era verdad, y si eso cambia algo.
«La felicidad» sigue a una pareja que ha vendido casi todo salvo el televisor y pasa los días en la cama, viendo programas y olvidando comer. Un martes de invierno, después de días de lluvia, cruzan la calle para saludar a la vecina nueva y caen en medio del cumpleaños de su hijo. Lo que sigue —el calor de la estufa, los canapés, el chocolate humeante, una torta que el narrador nunca había cortado, un niño que lo toma de la mano y se lo lleva a su pieza— transcurre entre el hambre disimulada y una ternura incómoda, con un detalle sobre el niño que el relato administra con sequedad, sin subrayarlo. El título no es irónico ni consolador: nombra exactamente ese rato prestado.
«40 Caballos» retrocede a fines de los años sesenta, a una ciudad del sur donde el padre del narrador es periodista del diario local. La ciudad es fría, triste y lluviosa, y aparece de entrada por sus olores y sus ruidos: el barro del río, el picoteo del agua en los techos, los gritos de la muchedumbre reunida los sábados por la noche en el gimnasio. Sobre ese fondo se instala el recuerdo de un episodio de infancia que el narrador reconoce, desde la distancia, como un cambio y a la vez como un camino.
Unidos por una voz de tono parejo y sin énfasis, capaz de decir cáncer o abandono con la misma naturalidad con que se menciona un resfrío, los tres textos comparten una geografía reconocible —la carretera, la pieza arrendada, el pueblo del sur, el auto que hace de casa— y una misma pregunta de fondo: qué se rompe primero cuando la vida aprieta, y qué queda cuando ya se rompió. Es un libro de conversaciones nocturnas, de comidas que importan, de gente que se cruza una o dos veces y no se olvida.
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