Un piloto acostumbrado a no echar raíces vela junto a la cama de hospital de la única mujer que le rompió el esquema, y en esa espera repasa de dónde viene: un padre encantador y ausente que construía aviones caseros, una madre que hizo…
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Un piloto acostumbrado a no echar raíces vela junto a la cama de hospital de la única mujer que le rompió el esquema, y en esa espera repasa de dónde viene: un padre encantador y ausente que construía aviones caseros, una madre que hizo del abandono una forma de fidelidad, y una vecina de trenzas negras que se colaba por su ventana para enseñarle a escuchar la noche. Novela de amor y memoria sobre la libertad que se descubre, ya tarde, indistinguible de una jaula.
Leo aprendió a volar antes de aprender a quedarse. Su padre, Joaquín, era un hombre que aparecía cargado de dinero y de risas y desaparecía durante meses, capaz de ensamblar en el huerto de casa un ultraligero con lonas, chapa negra y una calavera pintada sobre una cuna vieja, y de despegarlo ante la mirada furiosa de su mujer tras las cortinas de ganchillo. De él heredó el niño dos convicciones que tardaría décadas en desmontar: que la vida se recorre en soledad y que quien se encariña demasiado se rompe las alas.
Al otro lado de la tapia vivían los vecinos: Basilio, albañil jubilado por una caída de tres metros, que ahogaba su pena en licor de café y en la única amistad que no le tenía lástima; su mujer, encerrada por una agorafobia nacida de la desaparición del hijo mayor el día que cumplió dieciocho años; y Flor, la hija menor, de la edad de Leo. Flor entraba de noche por la tubería, lo despertaba con una linterna y se lo llevaba al bosque a tumbarse bajo las estrellas, convencida de que en la oscuridad los objetos hablan y el universo dicta el destino. Fue su primer amor y también su primera lección de desapego: la noche de sus dieciséis años se metió en su cama, le pidió que dijera «te amo» en vez de «te quiero» —querer implica posesión, y nadie pertenece a nadie— y a la mañana siguiente ya no estaba.
La novela sigue a Leo desde ese pueblo sin futuro hasta las cabinas de los aviones de carga: las doscientas primeras horas de vuelo sin licencia junto a su padre, el taller de montaña compartido con Paco —el mecánico y arquitecto aeronáutico que se convirtió en su segundo padre y en su verdadera escuela—, la beca en Madrid, el ascenso vertiginoso hasta capitán. Y con el sueño cumplido, el descubrimiento incómodo: el vacío del que ya no tiene nada que anhelar. Entre escalas se reencuentra con sus hermanas —Ángela, restauradora en Florencia, casada con un hombre encantador y celoso; Lorena, abogada en Barcelona, con su ejército de amigas sin ganas de compromiso— y colecciona mujeres como quien colecciona puertos, consciente de haberse convertido exactamente en el hombre que despreciaba en su padre.
Escrita en primera persona y organizada en capítulos breves que funcionan como estampas —el pueblo, las mujeres, el oficio, el deseo—, la obra alterna la crónica de una vocación con un ensayo íntimo, y a ratos incómodo, sobre la dependencia amorosa, la herencia del carácter y la falsedad de los duelos. Su motor es una paradoja que el narrador enuncia desde la primera página: ahora daría la vida por lo que nunca quiso, porque su libertad resultó estar donde siempre vio esclavitud. Todo lo que cuenta es el rodeo necesario para volver a esa habitación de hospital.
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