En un salón en penumbra, tres amigos prolongan la sobremesa entre humo, licores y objetos de arte. La conversación deriva hacia el silencio de uno de ellos: José Fernández, poeta que no escribe, hombre de fortuna que dispersa su talento…
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En un salón en penumbra, tres amigos prolongan la sobremesa entre humo, licores y objetos de arte. La conversación deriva hacia el silencio de uno de ellos: José Fernández, poeta que no escribe, hombre de fortuna que dispersa su talento entre la ciencia, la política, los viajes y el placer. Cuando llegan otros dos invitados, todos le piden lo mismo: que abra el libro cerrado sobre la mesa y lea en voz alta las páginas de su diario.
La escena inicial es un interior cerrado y saturado: la lámpara filtrada por gasa y encajes, el terciopelo carmesí de la carpeta, las tazas de China, dos espadas cruzadas sobre una rodela, la cabeza de un burgomaestre copiada de Rembrandt, el humo del tabaco de Oriente mezclado con el olor del cuero de Rusia. En ese decorado, más inventariado que descrito, tres hombres callan después de comer. Uno enciende un candelabro y la luz revela al grupo: el perfil árabe del anfitrión, la corpulencia apacible de Juan Rovira, la delgadez grave del médico Oscar Sáenz.
Lo que sigue es menos una acción que un juicio. Sáenz, que pasa la semana entre las salas frías del hospital, reprocha al anfitrión su esterilidad: dos libros de versos, uno de niño y otro hace siete años, y después nada. Le enumera el desorden de su escritorio —orquídeas, un Tíbulo manoseado, un despacho de general, muestras de mineral, un pañuelo perfumado, un ídolo quichua— como prueba de que se dispersa. Fernández se defiende negando el título que le pusieron: no es poeta, dice; los versos se hacen dentro de uno y salen, y los suyos fueron ecos de sus lecturas. Su ambición es otra y más vasta: vivir la vida entera, sentirlo y saberlo todo. La pesquería de perlas y el convento español, la especulación financiera y los museos de Italia: cinco caminos emprendidos con frenesí y abandonados por miedo a morir sin recorrer los demás.
El médico responde con un diagnóstico doméstico: lo que impide escribir no es la inteligencia crítica sino el lujo, los tónicos, las joyas, los vicios inventados. Si de él dependiera, lo empobrecería y lo mandaría a un pueblo tranquilo hasta devolverle el poema. Llegan entonces Luis Cordovez y Máximo Pérez, este último enfermo y sin diagnóstico posible, y cada recién llegado pide una lectura distinta. Los deseos encontrados convergen en un nombre que Fernández no pronuncia. Apaga las bujías, coloca sobre la mesa un volumen negro con tres hojas verdes y una mariposa de diamantes, y empieza a leer su diario: una entrada de París donde ajusta cuentas con un tratado que clasifica a los artistas como degenerados y evoca, frente a él, el diario luminoso de una joven rusa muerta de genio y de tisis a los veinticuatro años. El relato marco se cierra y otro, escrito en primera persona, ocupa su lugar.