Crónica de navegación en la que el hermano de Julio Verne relata, con humor y detalle técnico, la travesía del yate de vapor Saint-Michel desde Rotterdam hacia el Báltico: un piloto inglés imposible de despedir, un canal demasiado estrecho…
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Crónica de navegación en la que el hermano de Julio Verne relata, con humor y detalle técnico, la travesía del yate de vapor Saint-Michel desde Rotterdam hacia el Báltico: un piloto inglés imposible de despedir, un canal demasiado estrecho y un bauprés que hubo que desmontar.
En junio, con el viento del Noroeste barriendo el litoral holandés y el mar del Norte cerrado a cualquier embarcación prudente, un pequeño yate de vapor francés espera en la Mosa a que el barómetro se digne moverse. A bordo viaja Julio Verne, y quien escribe es su hermano: un narrador que se declara incapaz de elogiar al propietario del barco sin caer en la parcialidad, y que por eso prefiere hablar del barco mismo, de la tripulación bretona y, sobre todo, de un personaje que se ha instalado en la crónica con la misma tenacidad con que se instaló en la cubierta.
Ese personaje es Thomas Pearkop, piloto del Canal y del mar del Norte, contratado en Deal para una travesía corta y convertido, por pura insistencia comercial, en pasajero permanente. Ancho de rostro, de espaldas y de vientre, portador de un saco encerado tan pesado que hicieron falta dos hombres para embarcarlo y de un catalejo rescatado de un naufragio que no sirve para ver absolutamente nada, Pearkop negocia cada tramo del viaje con una aritmética implacable: pide quince libras, acepta ocho, ofrece rebajas que en realidad le convienen, y acaba aprendiendo francés en la cocina del yate mientras pela zanahorias y ablanda filetes. El narrador lo observa con una ironía sin crueldad, entre la irritación y el afecto, y termina admitiendo que a bordo lo habrían echado de menos.
Alrededor de esa figura se despliega el verdadero contenido del relato: la anatomía minuciosa del yate —treinta y tres metros de casco de hierro, máquina Compound, cinco tabiques impermeables, salón de caoba a popa—, los museos de Ámsterdam y La Haya donde Rembrandt y Paul Potter dejan al viajero deslumbrado, la navegación entre las islas de Zelanda por canales y esclusas, y la escala en Wilhelmshaven, el puerto militar alemán que los visitantes recorren con la reserva que exigían las circunstancias de la época. Allí el cronista se detiene en la disciplina mecánica de los ordenanzas, en los cañones Krupp de la fragata de instrucción y en los accidentes que sus oficiales relatan sin ocultarlos, componiendo un retrato de observación fría más que de simpatía.
El viaje encuentra su nudo cuando un ingeniero sugiere atajar hacia el Báltico por el canal del Eider en lugar de rodear Jutlandia. La pregunta es de aritmética otra vez, pero de otra clase: ¿cabe el yate en las esclusas? Se miden barcos, se consultan planos, se telegrafía al director del canal, y la respuesta llega tarde y en contra. La decisión de seguir adelante de todos modos —cortarle las narices al barco antes que retroceder— desemboca en un tramo de navegación fluvial por un Eider tan sinuoso que duplica las distancias, bajo bóvedas de hayas donde las cigüeñas miran pasar el casco sin inmutarse. Entre la precisión del ingeniero y el asombro del paisajista, el relato deja constancia de un margen mínimo: veinticinco centímetros más de eslora y el viaje habría terminado en media vuelta.
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