Un edificio costero de dieciocho pisos, bautizado con vanidad «El Palacio», funciona aquí como índice de vidas: cada planta recibe su propio capítulo y su propio habitante.
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Un edificio costero de dieciocho pisos, bautizado con vanidad «El Palacio», funciona aquí como índice de vidas: cada planta recibe su propio capítulo y su propio habitante. Del sereno que aceptó el turno de noche porque le parece menos peligroso dormir de día a la mujer sorda que por fin logra escucharse, la obra avanza hacia arriba trazando el mapa de una jerarquía invisible, la que mide el valor de una persona por la altura a la que vive. La prosa, breve y de imágenes filosas, alterna la ternura con una ironía que no perdona.
En la planta baja hay un hombre que ya casi no está. Gumersindo Pérez vigila de noche, juega al solitario, guarda botones que nunca cose y conserva un revólver que sabe que jamás usará; enviudó hace diez años y desde entonces lo habita un cansancio que no proviene del trabajo sino de haber existido demasiado. Los vecinos lo llaman por su nombre de pila y lo tratan de usted, no por respeto sino para marcar la distancia. Con ese portero inmóvil como punto de partida, la obra emprende un ascenso metódico: un capítulo por piso, un mundo por puerta.
En el primero, los Mercantino viven convencidos de que el edificio entero les pesa encima: el marido camina encorvado, la mujer se ensanchó porque su cuerpo creció hacia los costados, y los chicos no saben si el techo baja o si son ellos los que crecen. Arriba, el inquilino se sospecha vecino de segunda. En el segundo piso, Raimundo Pocatierra —periodista que pasó del deporte al cine y de allí a la economía sin saber demasiado de nada— finge olvidarse de apretar el botón de su planta para prolongar el viaje en ascensor y conseguir una conversación, un contacto, una entrevista; su gran ambición es dejar de ser una persona para convertirse en alguien. El tercero está vacío: su dueña acaba de morir y el velatorio ya se disolvió, de modo que el capítulo queda en manos de los muebles, el reloj detenido, una mosca contra el vidrio y un pez colorado que nadie alimentó. Los objetos observan, opinan y temen las mudanzas más que a la muerte.
El ascenso continúa. En el cuarto, un dentista que eligió su oficio por descarte y una mujer a la que criaron creyéndose artista sin llegar nunca a serlo encuentran su única tregua conyugal en el rencor compartido hacia terceros. En el quinto, Martina Salvapuente descubre que la sordera le devolvió el ruido: ahora oye sus propias voces sin interrupción y no encuentra manera de callarse. En el sexto, un hombre de costumbres se demora quince minutos en un café y regresa a casa como quien atraviesa una pesadilla, sin reconocer las calles ni las caras, hasta que la torre reaparece y le devuelve su nombre. En el séptimo, una tertulia de jueves discute democracias, dictaduras y promesas incumplidas entre vodka y empanadas. En el octavo, Carmelina se ha perdido dentro de su propio cuerpo y espera al hombre capaz de encontrar lo que guarda debajo.
El resultado es un retrato coral en el que la arquitectura hace de sistema de castas: se saluda distinto según el número del botón, se envidia hacia arriba y se desprecia hacia abajo, y hasta las flores del vestíbulo son de plástico para que nada se marchite. Bajo la sátira social late una preocupación más honda —la soledad, el desgaste de los vínculos, la muerte que llega o que se olvida de llegar— y una idea persistente: los seres humanos pasan, los apartamentos permanecen. Cada capítulo se sostiene por sí solo como un relato breve, pero juntos levantan un edificio narrativo donde nadie escapa a la mirada del narrador ni al peso del cemento.