Ferrara, 1482. Una peste arrasa los pueblos y un siervo entierra a su único hijo; esa misma noche, un obispo le entrega una recién nacida y la orden de huir antes de que Roma incendie el ducado.
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Ferrara, 1482. Una peste arrasa los pueblos y un siervo entierra a su único hijo; esa misma noche, un obispo le entrega una recién nacida y la orden de huir antes de que Roma incendie el ducado. Veintiún años después, en la corte de Alejandro VI, el matrimonio pactado entre Lucrecia de Borja y el heredero de Ferrara desata intrigas, encargos de sangre y juramentos escritos sobre pergamino sagrado. Una novela histórica sobre el poder que compra almas y el amor que se niega a ser mercancía.
El libro se abre con una advertencia: lo que sigue ocurre al final de los días de gloria del papa que Roma nunca olvidará. Ese pórtico anuncia una tragedia doméstica —una hija cansada de servir como garantía de alianzas dinásticas, un hermano que la silencia— y la existencia de una gemela criada entre campesinos, cuyo corazón ya tiene dueño.
Antes de llegar allí, la narración retrocede a 1482, cuando una epidemia obliga al pontificado a ordenar la quema de cada aldea sospechosa de brote. En Ferrara, el médico del Vaticano devuelve la vida a la esposa de un duque y nada puede hacer por el hijo de un siervo. De esa asimetría —milagro para los poderosos, resignación para los pobres— nace la pregunta que atraviesa toda la obra, y también la escena nocturna en la que un obispo entrega a una pareja en duelo a una niña llamada Ayora, envuelta en una manta, una mentira y un consejo: marcharse a Florencia cuanto antes.
Veintiún años más tarde el foco se traslada al Palacio Apostólico. Un duque moribundo juega al ajedrez con su heredero y le pide, como último deseo, que forme una familia. Un capellán renegado cobra por matar y se niega, por primera vez, a completar un encargo. Y Lucrecia, prometida por tercera vez a un hombre que no conoce, discute con su madre el precio de la obediencia mientras su esposo agoniza tras una emboscada en la escalinata de San Pedro. Alrededor circulan tratados con Luis XII, salones tapizados de oro llegado del Nuevo Mundo y conversaciones sobre Miguel Ángel, Pinturicchio y Savonarola que dejan ver cuánto de la belleza del Renacimiento se pagó con sangre.
Arriondo alterna un diálogo de corte teatral con descripciones minuciosas de ceremonias, vestiduras, salas y jerarquías eclesiásticas, y compone un fresco donde la fe se administra como moneda de cambio y la ambición se disfraza de designio divino. La partida de ajedrez del comienzo funciona como clave de lectura: nunca se da por terminado un combate hasta que el último enemigo cae. Contra ese tablero se recorta la promesa del prólogo, la de un amor humilde dispuesto a plantarse ante el ejército más poderoso de su tiempo.