Cuatro hermanas, un móvil siempre encendido y la sospecha de que la vida de los demás brilla más. «Las Sirenas» arranca con una confesión doméstica —el desayuno real frente al desayuno fotografiado— y se abre en un coro de voces: Renata,…
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Cuatro hermanas, un móvil siempre encendido y la sospecha de que la vida de los demás brilla más. «Las Sirenas» arranca con una confesión doméstica —el desayuno real frente al desayuno fotografiado— y se abre en un coro de voces: Renata, harta de una auditoría que la consume, planta a su jefe y anuncia a su familia que quiere dedicarse a las redes; Cayetana sostiene un hotel de cinco estrellas y el control de todo lo demás; Ariana se encoge ante un micrófono que la desborda; María resiste lejos, en Las Palmas, con secretos que nunca encuentra momento de contar. Una novela contemporánea, cómica y afilada, sobre el precio de compararse con mujeres que nadie ve nunca.
Hay un tipo de infelicidad muy actual que no nace de una desgracia, sino de una pantalla. «Las Sirenas» empieza justo ahí: en el contraste entre la vida que se enseña y la que se vive. El primer capítulo funciona como un manifiesto en clave de humor —el bol de fruta perfecto frente al medio plátano pasado, la infinity pool frente a la silla de oficina durante diez horas, el labial impecable frente a los dientes manchados que se revisan en el espejo del ascensor— y plantea la pregunta que sostiene todo el libro: ¿dónde están esas mujeres? Sabemos cómo son, pero nunca las vemos. Como sirenas.
De esa reflexión la novela pasa a la carne. Renata, veintisiete años, lleva demasiado tiempo entregando sus días a una auditoría que no solo no le gusta, sino que la disgusta: los atascos de hora y media, el teléfono que le quema las orejas, un coordinador que controla sus visitas al baño y opina sobre sus vaqueros y su pelo. El día que estalla, la vida de las cuatro hermanas Leal se descoloca. Renata vuelve a casa, se quita la ropa como si quemara, llora de alivio y decide que quiere ser influencer; después tendrá que decírselo a un padre que no ha salido del SMS y a una familia que no sabe cómo nombrar eso.
Cayetana, la mayor, dirige un hotel de quinientas habitaciones y hace el recuento de la manada allá donde vaya. Descuelga el teléfono de sus hermanas incluso en mitad de una crisis, y su instinto de hermana mayor convive con el dilema de aconsejar bien sin juzgar. Ariana, la pequeña, estudia Comunicación Audiovisual y se enfrenta a una cabina de radio con el corazón en la garganta y unas manos imaginarias tapándole la boca: la novela retrata su ansiedad sin condescendencia, con una precisión física que duele. Y sobre todas ellas planea María, la que está lejos, la que dice que le están pasando muchas cosas y nunca tiene tiempo de contarlas.
Atraviesa el relato Tomás —el amor imposible que Renata arrastra desde el instituto, guapo, enigmático, con una calma inquietante para hacer el mal— y con él la sensación de que las historias familiares se cruzan más de lo que ninguna de ellas querría.
Escrita en primera persona y con la voz cambiando de hermana en hermana, la novela alterna la comedia costumbrista con una mirada honesta sobre el cuerpo, el trabajo, la inseguridad y la envidia. Cada capítulo se cierra con una frase que resuena como un aforismo, y el conjunto avanza hacia una idea incómoda y liberadora: la autoestima sube al pisar una playa de verdad y se desploma al abrir el móvil. «Las Sirenas» es un retrato generacional sobre cuatro mujeres que intentan averiguar qué quieren cuando dejan de mirar lo que quieren las demás.