Un recorrido de divulgación histórica por la medicina del siglo XIX, cuando operar era un espectáculo público, doloroso y casi siempre mortal. El relato arranca en diciembre de 1846, en el quirófano abarrotado del University College de…
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Un recorrido de divulgación histórica por la medicina del siglo XIX, cuando operar era un espectáculo público, doloroso y casi siempre mortal. El relato arranca en diciembre de 1846, en el quirófano abarrotado del University College de Londres, donde el éter demostró por primera vez en Gran Bretaña que se podía cortar sin dolor, y sigue la mirada de un estudiante sentado en la última fila: Joseph Lister, que entendió esa tarde que vencer el sufrimiento era solo la mitad del problema. La otra —la infección— marcaría el rumbo de su vida.
Hay tardes que separan una época de la siguiente. La del 21 de diciembre de 1846 fue una de ellas. En una sala atestada del hospital University College, entre estudiantes, curiosos y el serrín esparcido bajo la mesa para absorber la sangre, el cirujano Robert Liston anunció que iba a probar «el truco yanqui para hacer insensibles a los hombres». Veintiocho segundos después, la pierna de Frederick Churchill había caído en una caja y el paciente, al despertar, preguntó cuándo empezaría la operación.
Esta obra reconstruye ese instante con el detalle de quien ha leído las actas, las cartas y los periódicos de la época, y lo usa como puerta de entrada a un mundo que hoy resulta casi inconcebible. La cirugía victoriana era el último recurso: se practicaba a la vista del público, con delantales manchados que nadie lavaba, instrumentos que pasaban de un cuerpo a otro sin esterilizar y una tasa de mortalidad hospitalaria varias veces superior a la de operarse en casa. El pus se consideraba parte natural de la curación. Los cirujanos, mal vistos por los «médicos caballeros» que trataban a sus pacientes por carta, valían por la fuerza del brazo y la velocidad de la mano; la leyenda de la amputación con un 300 por ciento de mortalidad pertenece a ese universo, mitad crónica y mitad pesadilla.
El libro traza con precisión el largo camino hacia el alivio del dolor —del óxido nitroso al mesmerismo desacreditado, de los experimentos de Paracelso con pollos a las extracciones dentales de Boston— y muestra que el triunfo del éter no cerró la historia, sino que la complicó: con la confianza recién adquirida, los cirujanos operaron más, y las infecciones postoperatorias se multiplicaron. Las salas se ensuciaron como nunca. La palabra «hospital» empezó a inspirar más miedo que esperanza.
En ese punto la narración cambia de protagonista. Joseph Lister, hijo de un comerciante de vinos cuáquero que revolucionó la óptica del microscopio con su lente acromática, había crecido entre fósiles, esqueletos articulados y lentes pulidas en casa. Educado en una fe que prohibía el teatro y la caza pero abría de par en par las puertas de la ciencia, aprendió a mirar lo invisible antes de aprender a cortar. Esa formación —el ojo entrenado en el microscopio, la mano de buen dibujante, la desconfianza familiar hacia los remedios agresivos— explica por qué fue él, y no otro, quien intuyó que la respuesta al segundo gran obstáculo de la cirugía no estaba en la destreza sino en aquello que ningún espectador de la galería podía ver.
Escrito con pulso narrativo y sin ahorrar lo desagradable, el relato combina historia de la medicina, retrato de época y biografía intelectual. No idealiza a sus personajes ni convierte el progreso en una línea recta: muestra el escepticismo, los fraudes, los accidentes de quirófano y las décadas que separan un descubrimiento de su aceptación. Y deja claro que la cirugía moderna no nació de un solo hallazgo brillante, sino de dos batallas distintas —contra el dolor y contra la infección— libradas por generaciones que trabajaban a oscuras, a la sombra de los últimos grandes carniceros de la profesión.
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