Ana Iglesias aterriza en Madrid un jueves de septiembre con una beca recién ganada, una maleta comprada a última hora y la convicción juvenil de que todo puede cambiar.
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Ana Iglesias aterriza en Madrid un jueves de septiembre con una beca recién ganada, una maleta comprada a última hora y la convicción juvenil de que todo puede cambiar. Lo que encuentra no es la ciudad de capa y espada de sus lecturas, sino el calor de Barajas, los avisos clasificados y los pisos que nadie quiere arrendar a extranjeras. Entre pensiones, buses rojos y aulas de la Complutense, esta joven chilena va armando una familia elegida al azar —una compatriota resuelta, una vecina argentina, una amiga española y su clan— hasta que un pintor de mirada azul desordena por completo el cauce de su primer año fuera de casa.
Todo empieza con una llamada telefónica. Ana, estudiante chilena apenas salida de la adolescencia, se entera de que ha ganado una beca para hacer un posgrado en literatura en Madrid, vende su piano para tener dinero suficiente el primer mes y sube a su primer avión. Aterriza un mediodía de septiembre, con el cuerpo descompuesto por doce horas de vuelo y la ropa equivocada para un calor que no había previsto. El Madrid que traía en la cabeza —heredado de novelas, de historias maternas sobre monjas españolas, de una imaginación entrenada a fuerza de lecturas— no coincide con el aeropuerto de Barajas ni con la habitación de hostal donde pasa su primera noche.
La novela sigue, mes a mes, el trabajo silencioso de convertir un país ajeno en un lugar habitable. Ana recorre los anuncios del diario con Victoria, la compañera de viaje que conoció al despegar y que resulta ser todo lo que ella no es: organizada, práctica, capaz de hacer hogar en cualquier pared. Descubre que ser extranjera cierra puertas, que la beca llega tarde, que el orgullo obliga a pequeñas simulaciones cotidianas. Y descubre también los rescates: Sara, la vecina argentina que sirve mate y té y habla de kibutz y de sicoanálisis; José, su marido; Carmen, la tata de una casa madrileña donde a Ana se le permite volver a ser niña. Alrededor de esa mesa se despliega otra España, la que no se enseña en las aulas: la Guerra Civil contada de primera mano, los exiliados de la Cuba de Batista, un padrino misterioso que pinta y retoca fotografías y del que nadie conoce el pasado.
En la Complutense, Ana entabla amistad con Dolores, una española de humor generoso que le va franqueando el acceso a la ciudad. De tanto oírla hablar de su hermano Santiago, pintor, Ana lo imagina mil veces antes de conocerlo; cuando por fin lo ve, en la inauguración de una exposición que juega con las heridas abiertas de la ciudad, el hombre real no se parece a ninguna de sus versiones soñadas. La atracción es inmediata y anterior al encuentro, y trae consigo una primera discusión sobre el arte y el dinero, una copa sostenida como promesa de regreso, y la sospecha de que algo se ha interpuesto definitivamente entre ella y el mundo nuevo.
De fondo, sin estridencias, late el Chile del que Ana viene: las cartas que llegan cada viernes, un documental sobre el golpe de Estado, una carrera universitaria clausurada por la dictadura, el reencuentro incómodo con una compatriota que devuelve una imagen antigua de sí misma. El origen común acerca y también ata; la memoria colectiva une a los suyos y la separa de la realidad que tiene delante.
Narrada en primera persona y con la distancia templada del recuerdo, es una novela sobre el desdoblamiento —esa sensación de que el cuerpo no termina de pertenecerle a uno— y sobre las familias que se eligen cuando la propia queda a miles de kilómetros. También sobre la vergüenza y el orgullo de lucir distinta, sobre la vocación que se intuye antes de asumirse y sobre esa edad en que todavía se cree, con toda seriedad, que es posible presentarse ante el mundo en una versión nueva.
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