Neil Faulkner propone una historia del mundo escrita desde una premisa explícita: el pasado no es un archivo neutral, sino un terreno en disputa cuyo relato condiciona lo que hacemos hoy.
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Neil Faulkner propone una historia del mundo escrita desde una premisa explícita: el pasado no es un archivo neutral, sino un terreno en disputa cuyo relato condiciona lo que hacemos hoy. Con herramientas de arqueólogo e historiador, el libro recorre el largo arco que va de los primeros homínidos africanos —Lucy, la Eva africana, los neandertales del Pleistoceno— hasta el orden neoliberal en crisis, atento siempre a los momentos de ruptura en que un cambio cuantitativo lento se convierte de golpe en transformación cualitativa. Nacido como serie semanal y reelaborado en capítulos, se ofrece deliberadamente como un libro para lectores que quieren entender para actuar.
Hay libros de historia que buscan ordenar el pasado y otros que buscan devolverlo a la discusión. Este pertenece al segundo grupo. Su punto de partida es una afirmación sin rodeos: la historia es un arma, y la versión que circula como sentido común —la de la continuidad, la tradición y los imperios civilizadores— no es una descripción inocente del ayer, sino una manera de desactivar el presente. Frente a ello, el autor reivindica la posibilidad de las grandes narraciones: explicar el pasado de forma que se entienda el mundo actual y se pueda intervenir en el que viene.
El relato arranca donde arranca casi todo. En la depresión etíope de Afar, hace algo más de tres millones de años, un homínido de poco más de un metro camina erguido; la bipedación libera las manos, las manos fabrican instrumentos, la fabricación de instrumentos selecciona cerebros mayores, y de esa interacción entre trabajo e intelecto nace una dinámica que ya no se detiene. Sobre ese hilo se ordenan las transformaciones decisivas: la aparición del género Homo y su registro de piedra tallada; la irrupción de Homo sapiens, capaz de adaptarse por cultura y no solo por biología, y de salir de África para poblar el planeta; la extinción de los neandertales, magníficamente ajustados al frío y por eso mismo atrapados en un callejón evolutivo; la revolución neolítica, que empuja a comunidades enteras al trabajo duro de sembrar y criar cuando el clima les retira las alternativas; y, por último, el arado y el excedente, que hacen posibles la religión, la guerra, los especialistas y —cuando alguien se apropia de ese excedente— las primeras clases explotadoras.
Esas rupturas se leen bajo una idea rectora tomada de Marx: los seres humanos hacen su propia historia, pero no en circunstancias elegidas por ellos. De ahí que el libro insista tanto en la contingencia. Nada estaba escrito en la sabana ni en los primeros campos de cebada, y nada lo está tampoco ahora. El prefacio a la edición en castellano lleva ese argumento al presente inmediato: el desempleo masivo en España, la desigualdad brasileña bajo tasas de crecimiento espectaculares, la secuencia que enlaza Syntagma, Tahrir, la Puerta del Sol y las calles de São Paulo, y las tres tareas que el autor considera pendientes de cualquier movilización —unidad, democracia y claridad—, medidas contra los ejemplos de la Comuna de París y de 1917.
El autor no oculta las costuras de su empresa: reconoce omisiones, un sesgo europeo que solo corrigió en parte y los riesgos inevitables del generalista, y somete su trabajo a una prueba sencilla —si el enfoque explica lo esencial, los errores de detalle no lo invalidan. El resultado puede leerse de principio a fin o como una colección de ensayos breves sobre problemas históricos concretos, y en ambos casos conserva su intención declarada: ofrecer el pasado como guía para la acción.
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