Tres hombres que nada tienen en común comparten, sin saberlo todavía, una misma línea de fuego: un inspector de policía que trata la seducción y el trabajo con la misma indiferencia moral, un funcionario de prisiones al que la crisis y un…
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Tres hombres que nada tienen en común comparten, sin saberlo todavía, una misma línea de fuego: un inspector de policía que trata la seducción y el trabajo con la misma indiferencia moral, un funcionario de prisiones al que la crisis y un divorcio han dejado sin margen, y un preso primerizo que vendía marihuana en la universidad hasta que un amigo lo entregó. El punto donde convergen tiene nombre propio: Fernando Novoa, heredero de una vieja dinastía del narcotráfico gallego, recién ingresado en un módulo de preventivos de Sevilla. Una novela negra de voces alternas sobre culpa, dinero y las cuentas que en la cárcel siempre se saldan pronto.
En un agosto sevillano que no da tregua ni de noche, la novela abre tres puertas distintas y las deja abiertas a la vez. Detrás de la primera está Luis Robledo, inspector de policía de cuarenta y tres años que se mira en el espejo con la satisfacción de quien nunca ha perdido una apuesta, y que entiende las relaciones —con las mujeres, con sus subordinados, con su propia conciencia— como un juego de reglas cínicas y consecuencias ajenas. La segunda da a la habitación alquilada de Constantino Medina, agente de prisiones que despierta cada mañana un minuto antes que el despertador y hace cuentas mentales sobre una hipoteca de una casa donde ya no vive, la manutención de un hijo al que ve dos fines de semana al mes y un sueldo recortado una vez más. La tercera se abre desde dentro: la celda de Fermín, albañil de Sanlúcar de Barrameda al que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria empujó al menudeo de marihuana y al que un chivatazo dejó tirado en un peaje con doce kilos en el maletero y sin nadie a quien llamar.
El hilo que va tensando las tres historias es el caso Novoa. Fernando Novoa, hijo de un narco gallego legendario de los años ochenta, empresario de campos de golf y hoteles de lujo, ha caído tras la incautación de un cargamento de heroína en Algeciras y ha ido a parar, con dos guardaespaldas y una tarjeta de economato inagotable, a la celda contigua a la de Fermín. Basta un café pedido a destiempo —el favor más pequeño posible— para que el preso más insignificante del módulo quede dentro de una deuda que no sabe medir. Cuando la novela lo encuentra, Fermín camina hacia las duchas del patio sabiendo que la víspera cometió un error y que en prisión las cuentas pendientes se cobran antes que después.
El relato avanza en capítulos que llevan por título el nombre de su protagonista, alternando registros: la chulería en primer plano del policía, el monólogo interior amargo y político del funcionario, el repaso hacia atrás del preso que reconstruye, paso a paso, el camino exacto de su caída. De ese contraste nace el retrato de fondo: una España de crisis, paro, economía sumergida y titulares de sucesos donde la indignación dura tres días, mirada desde los dos lados del mismo cerrojo.
Escrita con lenguaje crudo, humor negro y escenas sexuales explícitas, la novela pertenece a la tradición del noir carcelario español y comparte su interés por lo que ocurre cuando el poder cambia de manos dentro de un edificio cerrado. Los personajes y los hechos son enteramente ficticios.
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