Un ensayo de historia cultural de la arquitectura que recorre diez edificios de épocas y geografías muy distintas —de la antigua Babilonia al Pekín de la modernidad temprana y al Río de Janeiro contemporáneo— para preguntarse cómo los…
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Un ensayo de historia cultural de la arquitectura que recorre diez edificios de épocas y geografías muy distintas —de la antigua Babilonia al Pekín de la modernidad temprana y al Río de Janeiro contemporáneo— para preguntarse cómo los espacios construidos moldean la vida de quienes los habitan, y cómo esas vidas moldean a su vez los espacios. Su introducción parte del mito del primer refugio, la cabaña primordial, para mostrar que todo relato sobre los orígenes de la construcción es también un relato sobre poder, deseo y olvido.
El libro abre en una ladera alpina, en 1909, con un compositor encerrado en una casita de madera cercada por alambre de espino mientras dos aves irrumpen por la ventana. La escena, mitad idilio y mitad accidente, sirve al autor para desarmar una de las fábulas más persistentes de la disciplina: la idea de que la arquitectura nació de una cabaña sencilla levantada en plena naturaleza, y de que volver a ese punto de partida equivale a recuperar una pureza perdida.
A partir de ahí, la introducción despliega una genealogía irónica del refugio primitivo. Desfilan los escritores y filósofos que buscaron inspiración en cobertizos y chabolas, los tratadistas que fundaron la teoría arquitectónica sobre orígenes imaginados, los teóricos decimonónicos que extrajeron principios abstractos de una vivienda caribeña exhibida como trofeo imperial, y los turistas contemporáneos que compran una versión climatizada de la vida sencilla. El autor no se limita a inventariarlos: señala lo que cada relato de origen deja fuera. Detrás de la cabaña idealizada suele haber una casucha feudal; detrás del espacio abstracto, una casa arrasada; detrás de la fábula del progreso pacífico, una guerra de expansión. La literatura entra aquí como contrapunto, desde el establo lleno de barro de una novela corta de posguerra hasta las cabezas clavadas en los postes de una empalizada colonial, imagen brutal de la violencia que sostiene ciertos comienzos.
El primer capítulo aterriza esa reflexión en un caso concreto: la Torre de Babel, cuyos cimientos aparecieron a comienzos del siglo XX bajo un charco de agua estancada, en un territorio que hoy descansa sobre uno de los mayores yacimientos petrolíferos del mundo. El zigurat babilonio se lee como una imagen doble e irresoluble —monumento que esclaviza a quienes lo levantan y, al mismo tiempo, empresa común que los une—, y esa ambigüedad se convierte en la tesis del volumen: los edificios pueden dar poder a las personas y también arrebatárselo, a veces en la misma estructura.
El método es deliberadamente sinuoso. En lugar de una flecha del tiempo, el autor propone un juego de serpientes y escaleras: diez capítulos ordenados cronológicamente, cada uno anclado en una construcción y en un tema —los orígenes, el poder, el sexo, la moral, el trabajo—, pero recorridos con saltos, digresiones y desvíos. Rechaza la distinción altiva entre la Arquitectura con mayúscula y el simple cobertizo, y se niega a sustituir la historia concreta por conceptos vaporosos como el volumen o la morada. La prosa alterna la anécdota vívida, el humor seco y la crítica política sin perder de vista una convicción de fondo: la arquitectura es la más inevitable de las artes, porque nadie vive fuera de un espacio construido. De ahí la apuesta final del libro, entender cómo nos configuran los entornos que habitamos como condición para imaginar que podrían ser distintos.