Ensayo de Gene Sharp, fechado en octubre de 1993, sobre un problema que el autor formula sin rodeos: cómo puede una población desarmada desmontar una dictadura y evitar que otra ocupe su lugar.
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Ensayo de Gene Sharp, fechado en octubre de 1993, sobre un problema que el autor formula sin rodeos: cómo puede una población desarmada desmontar una dictadura y evitar que otra ocupe su lugar. Escrito a partir de décadas de estudio y de encuentros con quienes resistieron al nazismo, al estalinismo y a regímenes contemporáneos, el texto descarta una a una las salidas aparentes —la rebelión armada, la guerrilla, el golpe militar, las elecciones tuteladas, el salvador extranjero— y también el atajo de las negociaciones. Su tesis es que el poder de los tiranos depende de la obediencia ajena, y que por eso puede retirarse. La alternativa que propone es el desafío político: la lucha no violenta planificada con criterio estratégico.
Este ensayo nace de una preocupación sostenida durante años: si los seres humanos no deben ser dominados ni destruidos por regímenes despóticos, ¿qué medios reales tienen para librarse de ellos con el menor costo posible en sufrimiento y vidas? Gene Sharp responde desde una doble base: el estudio de las dictaduras, de Aristóteles a los analistas del totalitarismo, y la experiencia directa de haber conocido sobrevivientes de campos de concentración, resistentes noruegos, judíos que escaparon del nazismo y opositores de Panamá, Polonia, Chile, el Tíbet y Birmania. Ese contacto con lugares donde el peligro seguía siendo tangible —Vilnius bajo la represión soviética, la plaza de Tiananmen la noche de los blindados, los cementerios de Manerplaw— da al análisis un peso que no es solo teórico.
El primer movimiento del texto es de inventario. Desde 1980, recuerda el autor, dictaduras tenidas por inexpugnables cayeron ante un desafío predominantemente no violento en el Báltico, Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Madagascar, Mali, Bolivia o Filipinas, mientras la resistencia civil empujaba la democratización en decenas de países más. El segundo movimiento es de demolición. La violencia insurreccional elige el terreno donde el opresor casi siempre es superior; la guerra de guerrillas cobra un precio inmenso a la población y, aun triunfante, tiende a producir regímenes más centralizados que los que derribó; el golpe de estado deja intacta la distribución del poder y suele traer una camarilla más ambiciosa; las elecciones bajo tiranía son plebiscitos manipulados; y la esperanza puesta en potencias extranjeras suele chocar con intereses que toleran o sostienen al dictador.
Un capítulo entero se dedica a los peligros de las negociaciones. Sharp no las rechaza como herramienta, pero advierte que su resultado no lo decide la justicia de las posiciones, sino la capacidad de poder de cada parte; cuando lo que está en juego es la libertad política, negociar sin fuerza propia equivale a una rendición encubierta que además otorga al régimen la legitimidad que necesitaba. De ahí se desprende un programa de cuatro tareas —fortalecer la determinación y la confianza de la población, robustecer sus instituciones independientes, crear una fuerza interna de resistencia y trazar un plan estratégico global— y una parábola china sobre monos que descubren que nadie sembró los árboles, imagen exacta de la obediencia que sostiene al amo. La liberación, concluye el autor, no inaugura ninguna utopía: abre el camino a un trabajo largo. Pero depende, ante todo, de la capacidad del propio pueblo para liberarse.
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